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Llueve en Lisboa. El galán del café “A Brasileira”


Llegó a la mesa con dos gotas lluvia en la esfera del reloj, entre las nueve y el cuarto, y olor a Lavanda Inglesa. 

Nuestras mesas estaban pegadas, pero él no sentía ninguna curiosidad vecinal. Esperó paciente a que retiraran el servicio anterior.

Miraba más allá del día nublado, del vaho de la puerta de entrada, de los grabados en las paredes que evocaban aventuras coloniales; de los espejos y las lámparas de bronce del Café.

De vez en cuando sonreía. Contenido. Y sus ojos se achinaban dándole un aíre pícaro de galán.

A veces movía los labios como si rezará o le hiciera confidencias a su yo de ahora, más viejo, más solo o más ensimismado.

Por fin el camarero lo avistó. Un vaso de agua y un café.

Pagó con una moneda que dejó justo en el centro de la palma del camarero. Lo hizo repasando con los dedos los contornos del dinero y de la mano del empleado, que se dejaba hacer.
Fuera... la lluvia. Dentro... tintineos, murmullos y aromas de café, repostería y abrigos húmedos.

Antes de abandonar el Café, recorrí con un dedo, como haría un ciego, el mango de buena madera de su paraguas negro, comprobé en mi cámara la foto robada y me perdí entre la lluvia mansa y los turistas del Chiado.

Madrid-Córdoba: flora, fauna, paisanaje y reflexión



Son las 8:15 de la mañana. Hace frío en Madrid y yo con sandalias, única concesión que hago a la ropa de verano, que no me gusta mucho.  

El tren de alta velocidad es cómodo y puntual. En menos de dos horas hemos recorrido los 400 kilómetros que separan Madrid de Córdoba.

El aire es cálido y huele a azahar. Los naranjos nos salen a cada paso todavía en flor o ya con su fruto maduro. Qué bien huele Córdoba.
Las flores inundan las  ventanas y cuelgan en macetas de las fachadas encaladas. Hago posar a Xavi, que, aunque siempre trata de complacerme,  no acepta  engalanar su oreja  con un clavel. 
De los turistas, prefiero a los japoneses. Son entusiastas, curiosos, respetuosos y callados. 
La primera vez que visitamos Córdoba apenas había turismo y era libre la entrada a la gran Mezquita. Ahora se me antoja un parque temático. Me recuerda el cambio que también han sufrido ciudades como Barcelona, Praga, Lisboa…en pocos años.
 No fotografío monumentos ni calles abarrotadas, me quedo con los pequeños detalles.
Le pregunto a este viejo ánade real, que flota solitario e indolente en los fosos de la Muralla, si tiene sentido hoy en día viajar como rebaños de ovejas. Me mira de reojo y mueve una patita. 


Las flores se mecen con la suave brisa que hace soportable el calor.  No sé si la primera flor está naciendo o muriendo, pero me parece muy bella así con el fondo de agua. 
 Me sorprende ver cormoranes  tan lejos del mar posados en un recodo del río.
Trato de encontrar un encuadre sugerente desde el puente romano sobre el río Guadalquivir y de repente emprenden el vuelo. Son majestuosos. 
“Mejor un tiro que una foto”, me dice una señora sonriente. "Las protege el ayuntamiento, no se las puede liquidar”.

Pues a mí me encanta cuando mi nieta de dos años les dice “cuidadito con los coches, paloma, que te pillan las patitas” En Madrid hay muchas lisiadas.

Acoplo mi maciza figura a la curvilínea mujer morena de papel maché, una maravilla de artesanía que me llevaría a casa, si no fuera por mí economía de guerra. Qué curioso que mis piernas encajen tan bien.
Juego de miradas en una tiendecita del centro.
Nuestros sentidos agradecen que los músicos callejeros sean buenos. Nada de cancioncillas folclóricas ni lolailas, buena música clásica bien interpretada.
Los relojes del mercadillo no se ponen de acuerdo, pero sea la hora que sea el calor aprieta.

El bañista lo corrobora invitando al chapuzón desde el balcón del restaurante del mismo nombre. Resulta muy refrescante la figura enmarcada en esos azulones. Está muy gracioso con su bañador vintage.
Me hago un autorretrato con la plaza de la Corredera al fondo. Los espejos brumosos le sientan bien a mi edad. Esta escapada ha sido el regalo de mis 61 cumpleaños. Parecen muchos, pero se me han pasado volando.
Para finalizar este recorrido, os propongo un brindis por las cabras

Las ovejas son siempre domésticas y prefieren vivir en rebaño. Sin embargo hay muchas cabras salvajes en la Naturaleza.
Las cabras son curiosas, independientes y se adaptan bien al entorno.  No sé, pero siempre me han dicho eso de “nena, estás como una cabra” ¿Por qué será? 
 clica sobre las fotos si las quieres ver más grande

Cosas que hacer en otoño

Fotomontaje otoño, Tesa
Es otoño. Las hojas de los árboles y a veces los árboles al completo expiran sobre el asfalto de mi ciudad abandonada y sucia.
Centro Niemeyer, Avilés, Asturias
Desde siempre, he preferido el otoño para esas escapadas que rompen la rutina, que a la vuelta recompongo con mimo de artesano. Porque aunque “no hago todo lo que quiero, sí amo todo lo que hago 
Tapón musical, Avilés
Y sin más preámbulos, brindemos ya por esas cosas que hacer en otoño:
Playa de San Lorenzo, Gijón, Asturias.
Aprovechar el aire fresco para quedar con los amigos y dar un paseo.
Equilibrio, Avilés
Dedicar un rato a la reflexión vagabundeando a solas.
Xavi posando para mí, Gijón
Ser un poco irreverentes y no creer en dogmas y consignas que nos acobardan y nos hacen infelices.
Escaparate Tienda "Marvelous" Gijón. Una pasada.
 Sacar a airear nuestro lado salvaje para que no se apolille.
Mesa de bar, Avilés.
 Dejar que nuestro lado oscuro se diluya “como lágrimas en la lluvia”. 
Fújur el dragón blanco de la suerte en Río Piles, Gijón
 Conjurar a los monstruos buenos para que se coman los miedos estancados.
Cerro de Santa Catalina, Gijón
Escuchar música abrazados a nuestro amor o al mejor amigo.
Parque Isabel Católica, Gijón
Meter barriga en las fotos y dejarnos de dietas drásticas que sólo nos ponen de mal humor.
Escaparate Tienda "Marvelous" Mujer barbuda con siamés
Relajarnos un pelín con la depilación y, si la frondosidad pilosa se descontrola, poner un circo.
Puerto deportivo al atardecer, Gijón
  Navegar por la imaginación sin conexión a internet.
Aparcamiento, Avilés.
  Aparcar el coche y mover las piernas que también mueven el corazón.
Playa de San Lorenzo al atardecer, Gijón,
 Poner nuestro pequeño mundo del revés y atrevernos con otro punto de vista más imaginativo.
Playa de San Lorenzo, Gijón
Hacer surf o ligarnos a un surfero/a que nos descubra el punto por donde se dejan cabalgar las olas de la vida.
 
  (Ya sé que más de una hemos pensado en el punto G, ¡cómo somos!)
Playa de San Lorenzo, Gijón, Asturias.
  Dedicar tiempo exclusivo a alguien especial.
Cerro de Santa Catalina, Gijón
Desconectarnos de la pantallita y mirar a los ojos a quienes tenemos al lado.

Iglesia de S. Pedro, Playa de San Lorenzo, Gijón

Pasear en bicicleta… 

Playa de San Lorenzo un día de tormenta, Gijón

…o por la orilla del mar, haga el tiempo que haga.
Playa de San Lorenzo a primera hora de la mañana, Gijón, 

Y cuando dominen las sombras, recordar que “La luz y la sombra son sólo la relación de dos tonos”, que dijo Cézanne.
Ducha colectiva en Playa de San Lorenzo, Gijón
¿Qué tal una ducha en compañía?
Playa de San Lorenzo, Gijón
Ser flexibles o saltarnos esas prohibiciones que nos imponemos o nos imponen… 
Un rincón discreto de la Playa de San Lorenzo, Gijón, 

…y que su incumplimiento no hace daño a nadie. 
Escultura hecha con botellas de Sidra, Gijón
Aprender a beber Sidra. Cualquier asturiano te contará con paciencia cómo debes hacerlo. Los asturianos son cálidos y comunicativos.
Zona de rocas de la Playa de San Lorenzo, Gijón, 
Hacer una escapada por Asturias, porque lo pasarás de cine. Y además te puedes poner un gorro de baño vintage sin que nadie te mire raro.
 
 Y recordad que, como decía la escritora George Sand…
 
Playa de San Lorenzo, Gijón
…“El otoño es un andante melancólico y gracioso que prepara admirablemente el solemne adagio del invierno”

Madrid-Alicante. ¿Vemos lo que vemos o lo que somos?

 -¡¿Os vais a Alicante?! Pero si no tiene nada, un castillo y poco más.

 Y entonces, me acordé del gran poeta Fernando Pessoa que decía que…
 “Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos”
A nosotros nos basta con que se pueda llegar en tren, no haga mucho calor, tenga lugares para pasear, comer rico, desconectar de la rutina…

 …y un buen pedazo de mar para alegrar la retina y aliviar nuestra añoranza costera.

 Nuestro compañero de viaje, resopla en su asiento.
-¿Eres actriz?-me pregunta.
-No- Me da la risa.

Me mira como si no me creyera. Se encoge de hombros. Se abanica la calva con el billete de tren, se bebe de un trago su botella de agua fría y ronca plácidamente hasta el final.

Xavi me hace esta foto antes de que me convierta en “un viaje”

Recupero mi cámara justo a tiempo de asistir a un cruce de miradas con  un calamar gigante varado en el paseo a la sombra de un ficus centenario.
 

Los buzos del Capitán Nemo piden al ayuntamiento que mantenga el agua limpia, y a los bañistas que no utilicen las playas de ceniceros.

Soy este oso polar atrapado en el Hemisferio Norte de la ensaladera.

Asisto al deshielo de cubitos desde el que emerge mi osezno sin mañana, mientras unos niños dibujan sus “salvemos el Ártico” con los colores más fríos de una caja de Alpinos…


…y un hombre de piernas largas intenta limpiar el planeta que se ahoga ante la desidia de sus habitantes que lo creen infinito como su estupidez.
 Un poco más allá, me siento lobo y aúllo a la luna que se desdibuja en el cielo antes de irse a dormir.
 Y el caballito del Carrusel se suelta de su anclaje y galopa y corta el viento persiguiendo a las gaviotas.


Uf, una mano me protege de las banderas, porque como decía Voltaire, con mucha ironía:
“Lo maravilloso de la guerra es que cada jefe de asesinos hace bendecir sus banderas e invocar solemnemente a Dios antes de lanzarse a exterminar a su prójimo”
Me siento relajada y plácida como este surfero que camina por encima de las aguas del Puerto.
 Mientras las palmeras se creen aves y las aves se dejan llevar dando un descanso a sus alas.
 Y los nadadores intrépidos (hay bandera roja para bañistas) se montan en roscos que parecen donuts o naves para sirenas.


Y a las sirenas les crecen pies que remojan con añoranza de pez
 Y con los pies en remojo las gaviotas practican el sírvase usted mismo.


Y el sol se ensaña con la calva del hombre que duerme en el césped


Abandonamos la playa por un encuentro con Alí-Babá. Dejando que las paredes nos hablen
…y nos cuenten historias de soñadores que se ponen calcetines para tener playas en los zapatos, se adornan el pelo con mariposas y organizan un circo de fruta confitada mezclando manzanas y caramelos en su boca.


Y hablando de boca, es hora de comer. Somos capaces de soportar con una sonrisa la falta de personal del restaurante. Tardan una hora en traernos el primer plato, pero todo está apetitoso. Los chicos se disculpan y se asombran de que les dejemos propina.
Regresamos a la Estación con tiempo suficiente para perderlo a la sombra de dos ficus abrazados.
 El tren enfila de vuelta a Madrid. Dos horas y 20 minutos. Nos toca un “Vagón de Silencio”. Ni charlas, ni móvil, ideal para leer y relajarse.
Al volcar las fotos de mi cámara en el ordenador, miro por curiosidad en Internet fotos de Alicante (Alacant en valenciano) y entonces confirmo que Pessoa tenía razón:
No es que lo vemos, sino que vemos lo que somos.