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¿Soledad temida o deseada?


Vivimos como soñamos, solos.  Joseph Conrad


Gato me ha enviado una nueva postal, supongo que por el día de la madre
Hola, mami: no me extraña que a veces te sientas sola, porque eres más rara que una cabra azul marino.
No seguiste el Mundial de fútbol ni lloraste de emoción cuando España fue campeona mundial ni te interesan los Madrid-Barça.
No conoces a esa gente tan mediática que se grita en televisión y sale en las revistas de la peluquería.

Prefieres leer, ver cine y soñar a cualquier otra actividad de ocio, excepto viajar, y para colmo NO HAS VISTO la boda de William y Kate...
... y esto sólo por poner pequeños ejemplos, que “los trapos sucios se lavan en casa”, no como hace ese señor que habla tan mal el inglés, Aznar. Supongo que a ése lo conocerás. Aunque parezca mentira fue “tu presidente”
Tienes el antivirus de pago y alquilas pelis en el vídeo-club. Lo peor.
Perdona, mami, pero no encajas, eres una extraterrestre.
¿Cómo puedes decir sin pestañear que odias las sevillanas de la misma manera que odias los retractilados?
Te quiere, a pesar de todo, Gato.



¡Marchando una de felicidad en píldoras!

Ser feliz todo el tiempo es tan agotador como ser siempre ingeniosa, lucir esplendida cada minuto, ser la mejor madre del mundo, la amante más seductora, la amiga incondicional o la colega más divertida.
Decía Kant, el filósofo alemán, que la felicidad no es un ideal de la razón, sino de la imaginación.
Los españoles nos confesamos felices en sondeos y encuestas por abrumadora mayoría.
¿Somos tan felices como decimos o tenemos mucha imaginación?
Si somos tan felices, ¿por qué consumimos ansiolíticos y antidepresivos por encima de la media europea? Sin contabilizar el alcohol, el ansiolítico preferido por los varones hispanos, las compulsiones consumistas y otras sustancias psicotrópicas que no se expenden en la farmacia.  
Lo que sí somos es una sociedad con el bienestar resuelto: techo, alimento, higiene, sanidad, educación… y también con escasa tolerancia al fracaso.
La soledad y la incomunicación nos están convirtiendo en seres frustrados y quejicas, una paradoja en esta era intercomunicada por redes y aparatos y con acceso a toda la información y entretenimiento que seamos capaces de digerir o soportar, pero en la que cada vez hablamos menos cara a cara.
Las pastillas pueden adormecer el tedio, pero el tedio sigue ahí, agazapado.
Con lo que está pasando en medio mundo ¿de qué nos lamentamos tanto?
“María de la O, que desgraciadita
gitana tu eres teniéndolo too.
Te quieres reír y hasta los ojitos
los tienes morados de tanto sufrir”
Hemos convertido la tristeza, un sentimiento normal, una emoción del ser humano ante una pérdida, un desengaño, el desamor, “un dolor del alma”… en depresión. Los contratiempos de la vida, en patologías. Los miedos personales, en traumas infantiles, juveniles, postvacacionales o síndromes varios, entre los más socorridos los paterno-filiales…


Y, disculpad la impertinencia, pero a partir de una cierta edad, pongamos los 30 en plan generoso, lo que nos ocurre o deja de ocurrir depende de las decisiones que tomamos.

Porque como decía Buda, el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional.

Y como dice Gato, que me ha mandado una postal allende los mares, la vida es como una montaña rusa con ascensos lentos y caídas violentas.

A mí este Gato me hace pensar y creo que entre elevación y descenso voy a disfrutar todo lo que pueda, llorar como una magdalena cuando me dé la gana y no tomar pastillas. Pero tampoco tomarme demasiado en serio.

La rutina y la memoria de los peces


No me pregunten cómo lo han averiguado, pero parece que la memoria de los peces dura sólo 3 segundos, luego olvidan, claro.
Los peces de una pecera hacen miles de veces el mismo recorrido y si les pones un cofrecito de esos simulando una de piratas, en cada vuelta dirán aquello de  Oh, un tesoro, vuelta, Oh, un tesoro, vuelta, Oh, un tesoro…
La pecera de los seres humanos es la rutina. Su tragedia cuando caen en ella es no tener memoria de pez.

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Suena el despertador. Café. Lunes, vuelta al trabajo, un trabajo que no me satisface y que no me atrevo a dejar. La crisis… Yo sí que estoy en crisis. 
Qué cretino es mi jefe y qué ignorante. ¿Por qué lo aguanto? Sí me tocara la lotería… Mis colegas van a la suya, sé que no moverían un dedo por mí, están demasiado preocupados salvando su propio culo.
Vuelta a casa. Hola, ¿cómo te ha ido? Nadie cuenta de verdad cómo le ha ido. La tele, qué cutre, qué rollo. ¿Por qué no la tiro por el balcón y leo un buen libro, escucho blues o bailo la danza del vientre?
Ya casi no hablamos, lo sabemos todo el uno del otro. Qué estupidez, nadie conoce a nadie.
No puedo dormir. Mañana sin falta voy a dar un timonazo a mi vida. No quiero que cuando esté punto de irme al otro barrio mis últimas palabras sean,

“qué desperdicio de vida”

Martes.


Despertador. Trayecto. Trabajo. Trayecto. Tele. Silencio. Insomnio. Pastilla azul. Despertador… miércoles, jueves, viernes…
Sábado. Centro comercial, aperitivo, comida familiar, tele, silencio, insomnio. Whisky. Me olvido de la pastilla azul. 

Domingo… Te miro como si fuera la primera vez que te veo, pero con más ternura y más complicidad. Te dejo dormir un rato más y me voy hasta la playa a ver el amanecer. Desayunamos juntos. Paseamos de la mano y planeamos una escapada. Nos reímos diciendo a la vez, el paraíso puede estar a la vuelta de la esquina, como cuando no necesitábamos casi nada para sentirnos bien.

Mi jefe se ofende cuando le digo que me aburre, que se compre un loro o se tire por un acantilado, que me largo. Mis colegas me vaticinan indigencia, penurias, locura…pero me observan recoger mis pertenencias con un poco de envidia.

¡Rinnnnggggg! ¡Rinnnnggggg!
Oh, el despertador. Lunes. Oh, el despertador. Lunes. Oh, el despertador. Lunes.

Qué tal, amor, si dejamos de lado que estamos viejos





¿Qué tal?, me preguntas distraído rozando con tu mano mi espalda.
Qué tal si me miras a los ojos con pasión además de ternura. Qué tal si tu mano se desliza morosa y juguetona o tus labios recorren mi cuello hasta quedarse en mis pechos, no como un niño hambriento de cariño sino como un hombre buscando el paraíso.
Qué tal, amor, si dejamos de lado que estamos viejos para andar jugueteando y que las mariposas en el estómago son cosas de poetas.
Qué tal si ponemos música, velas, nos reímos de tonterías como antes y bailamos pegados.
Qué tal si hacemos una restauración del sistema y volvemos al punto donde todavía creímos que el otro era un misterio, una cima, un sendero con sorpresas por el camino.


Qué tal si paciera en tu cuerpo con la parsimonia de una vaca satisfecha. Explorara en los rincones dónde todavía quedan rescoldos y los aventara… Mordisqueara el lóbulo de tus orejas como un cachorro travieso o dejara que mi lengua hablara en ese idioma que sólo tú y yo entendemos…
Qué tal si nos conectáramos  como unos científicos locos en circuito cerrado y nos olvidáramos por un rato de los hijos, de los nietos, de los achaques, del pastillero, del mundo…
-María, cariño, ¿qué ocurre? Te noto extraña.
-Nada, cielo, fantaseaba.
-Qué tranquilidad y qué bonito es el mar ¿verdad?
-Sí, qué bonito