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“Lanza tu corazón delante de ti y corre para atraparlo”

Necesitaba aliviar el desasosiego que a veces me invade de querer estar en otros lugares y en otras vidas, me arranqué el corazón y le ordené: ¡vuela!
Y mi corazón saltó por la ventana, cruzó el semáforo en rojo sorteando dos bicis, una moto y un coche de bomberos. Trepó a un árbol y con las venas periféricas le tejió un jersey a un polluelo desnudo que lloraba de frío.
Sufrió vértigo de altura por falta de costumbre y cayo rodando hasta perderse por la ranura de la alcantarilla. Donde una rata húmeda, de nariz rosa y largos bigotes le dio un bocado dibujando una media luna en su músculo liso.
Mi corazón dio un vuelco y se dejó llevar por la corriente. Se mantuvo a flote entre un calcetín desparejado, los pedazos de una carta de amor y ¡por suerte! la descarga del suavizante para la ropa de mi vecina que huele a jabón de Marsella.


Yo lo seguía exhausta y esperanzada. Y no sé cómo llegamos a mar abierto.
Mi corazón se hizo mascarón de proa de un velero bergantín comandado por un pirata cojo, un loro irónico y una tripulación indolente.
Viajamos tanto que no nos daba tiempo a deshacer las maletas ni adecuar el vestuario a las distintas intemperies. Cambiamos el placer de la cotidianidad por el sobresalto y la expectativa; y la construcción de relaciones sólidas por hermosos castillos de naipes que se deshacían antes de acabar de instalarnos.
Hasta que un día mi corazón se plantó. Herido y cansado, me dijo: quiero volver a casa y agotar los latidos que me toquen junto a la gente que amo.

Y es que “el corazón es un niño que espera lo que desea”

¡Marchando una de filosofías orientales!



Después de analizar tantos informes de días perdidos, Gato entró en crisis.
Como los psicólogos están muy caros y los fármacos aumentan su melancolía, se me ocurrió prestarle diversos libros de filosofía oriental, pensando que como le encanta el sushi igual se apuntaba a taichí, se entretenía yendo del ying al yang o se desfogaba practicando Kendo.
Han bastado unos días de intensas lecturas para que Gato haya vuelto renovado, algo extravagante, pero contento. ¡Ay, el poder de los libros!
En tremendo batiburrillo mental, Gato ha decidido ser medio samurái, un poco budista, un cuarto zen, taoísta a tiempo parcial, y Quijote.
 -¡¿Quijote?!
-Vale, el Quijote podría ser nuestro samurái patrio que se hace el seppuku  (harakiri) al abandonar sus sueños, su lucha, sus ideales por la cordura establecida.



Gato me ha comunicado que se va por una temporada, que necesita espacio.
-¿Qué? Eso dicen los hombres cuando te quieren dejar. ¡No me lo esperaba de ti! Además soy tu creadora. ¡¡¡Me debes la vida!!!
-Eso dicen los padres, cuando quieren chantajear a sus hijos- me ha contestado con el mismo tono que lo hubiera hecho Confucio.
-Te quiero mami, pero necesito volar solo, hacerme un gato responsable de mis actos y consecuencias y tener experiencias que alimenten mi buen Karma.



Me has partido el corazón, minino de mis entretelas. Estás muy guapo en la foto que me envías. La voy a colgar en nuestro Almacén.
Sí, creo que no comerte a las palomas indiscriminadamente y ser cortés hasta con los taxistas que llevan un pino de celulosa oloroso colgado del retrovisor son acciones que cuentan para tu buen Karma.   
-Recuerdo que tuve que hacer varias veces uso de mi cuchara para defenderme de los lobos. Yo no tenía culpa ninguna; usted lo sabe. ¡Dios mío! Estoy llorando.
Y con estos versos de Lorca, te envío un montón de besos.