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Hay caballos atravesados en mi garganta / María Jesús Silva

Fotomontaje inspirado en el Poemario de María Jesús Silva

"los caballos entraron por la ventana y llegaron hasta la cama. eran jóvenes, relinchaban y hacían movimientos de cabeza para que fuera con ellos. de sus bocas salía un vapor cálido que… 

fue la noche en que aprendí a volar"

" la noche vuelve a estos campos de rejas verdes y grises, a este aroma de mar que salpica las tibias y refresca. quiza mañana haya caballos en la playa y sol. quizá alcancemos la última montaña"

Gracias, María Jesús, por hacerme galopar, volar, soñar, emocionarme y atragantarme con este maravilloso poemario, que ha sido galardonado con el Premio Facultad de poesía José Ángel Valente. 
Eres una gran poeta. Tus cinco poemarios publicados te avalan. Y una mujer intensa, apasionada, habitada por duendes espectrales. De apariencia frágil, como un gorrión, pero tan fuerte y adaptable como ellos.  Alguien capaz de decir sin inmutarse...

"...de pequeña volé y descubrí que existen mundos paralelos a los que llegar para refugiarte. Allí reside el latido, los colores, el miedo, el amor y la poesía'

Llueve en Lisboa. El galán del café “A Brasileira”


Llegó a la mesa con dos gotas lluvia en la esfera del reloj, entre las nueve y el cuarto, y olor a Lavanda Inglesa. 

Nuestras mesas estaban pegadas, pero él no sentía ninguna curiosidad vecinal. Esperó paciente a que retiraran el servicio anterior.

Miraba más allá del día nublado, del vaho de la puerta de entrada, de los grabados en las paredes que evocaban aventuras coloniales; de los espejos y las lámparas de bronce del Café.

De vez en cuando sonreía. Contenido. Y sus ojos se achinaban dándole un aíre pícaro de galán.

A veces movía los labios como si rezará o le hiciera confidencias a su yo de ahora, más viejo, más solo o más ensimismado.

Por fin el camarero lo avistó. Un vaso de agua y un café.

Pagó con una moneda que dejó justo en el centro de la palma del camarero. Lo hizo repasando con los dedos los contornos del dinero y de la mano del empleado, que se dejaba hacer.
Fuera... la lluvia. Dentro... tintineos, murmullos y aromas de café, repostería y abrigos húmedos.

Antes de abandonar el Café, recorrí con un dedo, como haría un ciego, el mango de buena madera de su paraguas negro, comprobé en mi cámara la foto robada y me perdí entre la lluvia mansa y los turistas del Chiado.