TRANSLATE

English French German Spain Italian Dutch Russian Portuguese Japanese Korean Arabic Chinese Simplified

Un hombre infeliz que se miraba el ombligo

El hombre de mi historia no tenía motivos importantes para ser infeliz. Pero un día, giró sus ojos hacia adentro, se concentró en sí mismo y se inventó un mundo asqueroso que parecía conspirar contra él.

Los párpados se le quedaron abiertos, atascados por el asombro. Las pestañas  se mustiaron añorando la humedad de la emoción y la que provocaba la risa, y los globos oculares al revés le daban un aire de zombi desvalido.



Para disimular el estropicio, el hombre se compró unos ojos.
 

- Los de soñador son los menos comprometidos, dan el pego en cualquier circunstancia – le dijo el viejo artesano, una eminencia en ojos para los que no quieren ver.


El hombre salió a dar un paseo con sus ojos de mentira, orgulloso de que nadie pudiera descubrir su infelicidad, miraba soñador mientras sus ojos de verdad se abrían paso a través del  ombligo, redondo y anudado como sus emociones.


Qué desaguisado. Su corazón ya no era rojo y latía con desgana. Vio como la desesperanza y el resentimiento tejían paranoias entre sus costillas flotantes. Y no hizo nada por  salvar a  la empatía que se ahogaba en una artería taponada por la furia.



Él, que antaño amaba la belleza, se perdió para siempre los atardeceres, que dibujaban con tinta china los paisajes sobre un cielo naranja y malva, las sonrisas enigmáticas, el cruce de miradas y un montón de pequeños placeres que os podéis imaginar.
 
Entre su mujer y  el hombre se instaló una autopista de silencio, cada vez más desangelada, cada día más ancha. Por la noche miraban la tele, es un decir, porque sus ojos de verdad seguían mirando hacia adentro. Una vez en la cama  se daban la espalda antes de dormir.


Entonces él se quitaba sus ojos de soñador, los guardaba con cuidado en una cajita de nácar, y lloraba desconsolado en la oscuridad.




La mujer invisible



¿Desde cuándo no le dirigían la palabra en aquella casa salvo para exigir sus servicios?

¿Mamá, ¿dónde coño está mi camiseta lila? Joder, te he dicho mil veces que odio la Nutela.  ¿Lola, puedes plancharme el pantalón de lino? Ah, vendré tarde, tengo una reunión, no me esperes despierta. Este fin de semana también trabajo.

La hija adolescente mordisqueaba las tostadas mientras seguía con la cabeza y parte del cuerpo el ritmo de la música que retumbaba a través de sus auriculares y mandaba sms con la mano libre.  El marido consultaba su iPhone, tecleaba, sonreía a la pequeña pantalla, chasqueaba la lengua…

La mujer miró a su familia durante un buen rato ¿Quiénes eran aquellos intrusos que la utilizaban, que jamás daban las gracias, ni le dedicaban una sonrisa o le preguntaban cómo se sentía?

El día anterior, Lola fue a la peluquería. Se compró un vestido rojo y un sombrero. Estaba guapa, hasta ella lo reconoció cuando se miró en el espejo un día más para comprobar si seguía siendo visible.  

-Me voy, dijo en un susurro.

-…  

Carraspeó. Me voy, dijo más alto. No sé si para siempre o por una temporada. Tenéis comida en la nevera para una semana, después, tendréis que espabilaros.

Ni siquiera la miraron cuando sonó su móvil. -Bajo enseguida- le dijo al taxista. 

Sacó del bolso un sobre blanco con una carta de despedida e instrucciones para que no se perdieran por la casa solos. 

Comprobó que llevaba el dinero rescatado de un plan de pensiones y recogió la maleta que había dejado en el recibidor.

Adiós, dijo al aire. Y se marcho sin volver la vista atrás.


Summertime de Hopper muy intervenido por Tesa

-Al aeropuerto, por favor terminal dos.

¿Vacaciones o negocios? – dijo el taxista mientras programaba el GPS

Vacaciones- mis primeras vacaciones de verdad en veinte años.

Las calles justo se desperezaban. El aire olía a pan tostado y café.

Por  la radio del taxi emergió como un volcán en erupción la voz de Janis Joplin interpretando Summertime.



Justo una semana después, tal y como Lola había imaginado, se dieron cuenta de que Lola había desaparecido, cuando los platos se amontonaron en el fregadero, la nevera se fue vaciando y la camiseta favorita y el pantalón de lino seguían en el cesto de la ropa sucia.

Tratando de encontrar un indicio que confirmara tan extravagante conducta, impropia de una madre amantísima y de una esposa cabal, dieron con la carta de despedida, que seguía sujeta por el azucarero debajo de una caja de cereales vacía.

Ni mi dolor es tan alto ni soy tan alegre como unas castañuelas


Tengo una tristeza antigua que de vez en cuando alimenta mi melancolía y se instala en casa con su baúl anticuado donde guarda carencias, decepciones y algún sueño roto. Mi sentido del humor huye, no soporta la desproporción de su puesta en escena ni sus monólogos del club de la comedia de las comadres amargadas.
-Nena, a tu edad y sigues sin oficio concreto y lo que es peor sin beneficio. Que has cambiado de profesión más que de casa. Y todavía sueñas…
 Eres una mujer proyecto. ¿A quién crees que le interesa lo que haces? ¿Por qué insistes? Es normal estar deprimida con la menopausia, ya sabes, envejeces, engordas, el baile de hormonas…, y encima ni le das a la soja ni a los tratamientos milagrosos, que mira que eres arcaica con el abanico y el rollo zen.
 ¿Aventurera? ¿Bohemia? ¡Ja! En el mundo real a eso se le llama ¡¡¡FRACASADA!!!
 
Hay veces que mi tristeza antigua gana una batalla y entonces sólo me apetece el silencio, pasear por la playa, redecorar la casa, acurrucarme en un sillón, escuchar a Mozart, ver cine raro y dedicarme a leer y leer entre suspiros…

Intervención y fotomontaje sobre un cuadro Hopper
Pero mi sentido del humor regresa, me pinta bigotillos con rotulador, me pone una nariz roja de payaso y me recuerda que hay que tener grandes sueños, expectativas razonables y necesidades mínimas.
Y también lo pequeño que es mi desasosiego comparado con el dolor real de tanta gente. Ese dolor tan alto, que decía el poeta Manuel Altolaguirre, que mira al otro mundo por encima del ocaso. 
Así que visto lo visto, engatuso a mi tristeza con unas lagrimillas y un nudo teatrero de garganta. Y cuando se descuida, zas, la dejo en coma con una tanda de chistes malos. La doblo en tres y la guardo en el cajón de los calcetines hasta el otoño, por lo  menos.
Ya lo decía Kant, el filósofo idealista: El sueño es un acto poético voluntario
Elijo seguir soñando, aunque a veces me sienta una mujer proyecto, una aventurera sin aventura, una bohemia domesticada y el desasosiego me recorra el cuerpo como un caballo desbocado.