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El motivo de nuestra infelicidad



Soy como una navaja suiza multifunción: madre, esposa, amante, amiga, confidente, etcétera… y, en mis ratos libres, una mujer que desea.

A veces siento que mis deseos corren por las venas como animales enjaulados, que se agazapan en mi garganta y se anudan esperando que me rebele, que los libere de las legañas de los sueños. Cuando se muestran exigentes y salvajes, los domestico con mi disfraz de chica buena. Y los veo volver mansos al cajón de Asuntos pendientes. Me rompen el corazón.

No pido, DESEO. Y no quiero desear algo que pueda conseguir con facilidad, porque entonces la intensidad de ese anhelo se convierte en una lista de la compra, práctica pero anodina.



Sé que sólo las princesas de los cuentos consiguen ser felices y comer perdices para siempre.

El manual de instrucciones con el que venimos de fábrica nos sirve para una puesta en marcha sin florituras. Pero luego hay que trajinar con la plasticidad del cerebro, las experiencias, las consecuencias de nuestras elecciones. Gestionar las emociones, los contratiempos, las pérdidas, los fracasos  y los pequeños éxitos.



Dice el neurobiólogo Pierre Magistretti que “estamos programados para ser únicos y  que, tal vez la libertad de la que disponemos para lograrlo sea el motivo de nuestra infelicidad”

Lo bueno de esta afirmación es que nos libera del determinismo. Ni genes ni hostias. Hay que currárselo. Estamos solos para escribir el guión de nuestra vida, sin el alivio que nos daba  echar la culpa a otros de lo que somos ni de cómo nos sentimos.

Lo malo, es que nos hace responsables de lo que elegimos. Y al elegir siempre dejamos de lado algo que también nos apetece. Y puede que esa libertad para decidir y no acertar o el desasosiego entre elección y elección sea el motivo de nuestra infelicidad.

Mi infelicidad es intermitente y le disputa al humor el protagonismo que tiene en el guión de mi existencia. Ahí andan a la greña. Que no decaiga. A mí me van las tragicomedias.

Historias verdaderas que parecen poesía


Una piedra,  algo rojo, un pensamiento, un paisaje

La niña, con falda de amapolas y botas impermeables para que sus pies de grafito no se borren, se hace un lío con las estaciones que alguien saca una detrás de otra:primavera, verano, otoño, invierno...

Sueño con tres leones que se disputan una bicicleta hundida en un río de agua turbias. Nado a su lado y lo que más me intriga es cómo siguen funcionando las luces

Cuando me despierto, miro por la ventana y la primavera se ha largado. Los árboles gimen sin saber si desvestirse de nuevo.

Y una golondrina teje una bufanda en el alero

En el patio de mi casa, un pequeño saltamontes parece desorientado. Lo coloco sobre el tutor de una planta. Parece un guerrero exhausto en medio de una plaza

Al día siguiente descubro que los saltamontes mueren con las alas abiertas como los ángeles

Y es entonces, cuando ocurren cosas como éstas, que me da por escribir historias que parecen poesía

Paco, el paseador de plantas

Un día vi a un hombre solitario sentado en el lugar más soleado de una plaza de cemento. A sus pies había dos macetas regadas con esmero tomando el sol.

Era evidente por su aspecto que no eran recién compradas, por lo que de aquella insólita escena, que no me atreví a fotografiar, ha surgido esta historia.  
En la calle del Pez vive Paco, el paseador de plantas. Su casa como la de sus vecinos es oscura, húmeda y tiene las ventanas remendadas.
En los alambres de tender la ropa se columpian titiriteras las pinzas de colores compradas en el chino. 

Mallas con patatas, un barreño azul y el naranja butano de la bombona es la paleta de colores que combina con el gris de sus vidas y el ocre de sus paredes, que el sol roza sólo en el ocaso.  

Las escasas macetas de hojas desmayadas o con algún esqueje creciendo sin gracia por falta de sol, unido a la dejadez de la administración, deprimían a nuestro hombre cuando paseaba entre sus vecinos.

Fue por eso que Paco se dijo: si el sol no viene a las plantas de mi barrio yo las llevaré hasta el sol.

Y así fue como se hizo paseador de plantas.

El barrio de Paco se ha convertido en una réplica, a escala de pobre, de los jardines colgantes de Babilonia.

 
Paco se rige por el “Calendario Zaragozano” y adapta sus servicios a los caprichos y economías de la clientela:

Sólo plaza, un poco de playa, un paseo entre jardines…
Su top ten es medio día en el Botánico, un lujo asiático, que sólo se permiten algunos comerciantes con más posibles.

Además de sol, Paco les da conversación y les canta rozando sus hojas desde una copla para las clavelinas, a soleas para los geranios o un fandango para el azahar. El nomeolvides prefiere el tango. Y las aromáticas las canciones de Serrat.

Una vez concluida la terapia de mimos, las plantas se renuevan al calor del sol y se dejan masajear por las patitas de los insectos que se acercan a libar.

Entonces, Paco entorna los ojos, sonríe, y sueña con una casa encalada rodeada de olivos, jara y romero y una mujer morena de fino talle, con duende  y cabeza de pájaros que le haga reír y volar el resto de sus días. 

Dicen que al morir el cuerpo pierde 21 gramos de peso


Ilustración de Núria Rodríguez


He comprado una nueva báscula para el baño, más precisa, y que habla.

Llevo la vieja al punto de reciclaje del barrio y coloco la nueva en su lugar al lado de la bañera, después de programar mi peso actual, que obvio por sentido estético.  
A la mañana siguiente, me levanto a la misma hora que un día cualquiera por lo que sigo las rutinas de un día cualquiera. Cuando me subo a la báscula cierro los ojos esperando oír mi peso inamovible desde la menopausia.
-        Ha perdido 21 gramos
Bajo de la báscula y vuelvo a subir un poco inquieta por la precisión de la pérdida.
-        Ha perdido 21 gramos- repite con la voz nasal, que no sé por qué le ponen a los aparatos que hablan.

 
¿Estaré muerta? Pues vaya caca. Me había imaginado algo más peliculero que despertarme en un cuarto de baño.

Me miro al espejo y veo mi cara de recién levantada, atuso mis cabellos, despeinados como es habitual,  y compruebo con un pellizco que sigo siendo yo, y no un ente incorpóreo.

Soy yo, pero con  el vacio de esos 21 gramos que aumentan mi melancolía como si la batieran a punto de nieve. Es una melancolía tan física y carnal que me asusta. Estoy  más perdida que mis 21 gramos.

Dejo que las  lágrimas se suiciden desde mis pestañas a la clavícula.  Oigo un ras que raja mi corazón. Las neuronas trabajan intermitentes y perezosas: ahora sí, ahora no, ahora sí, ahora no… Mi pensamiento se mueve sin destino, como un tiovivo.

Anochece y sigo desasosegada con el ánimo más bajo que mi cuenta bancaria a final de mes.

El sonido de una pelota de tiza rebotando en el pavimento se cuela por la ventana. Hay olor a azafrán en el aire. Recorro las cortinas con un presentimiento.   


En el  callejón dibujado con lluvia y tinta  está mi niño amarillo ensimismado.
Me mira y mojando su pelota de tiza en su cuerpo húmedo de azafrán escribe en el aire frases amarillas que elige de los libros con las que se alimenta:

“Hay un muerto en el cementerio más lejano, que se queja porque tiene un paisaje seco en la rodilla.”

Me hace reír con su humor negro. Y sabe qué frases elegir según mi estado de ánimo.

Hay un hombre descolorido que se está bañando en el mar. Es tan tierno que los reflectores le comieron el corazón.”

 “Nada es permanente, excepto el cambio”

Acaba de escribir y se queda observándome. Esperando. No entiende por qué no está conmigo. Entonces lo comprendo todo.

Escribo en mi tableta recién estrenada un mensaje. La ato a un hilo de  araña, cosecha de mi limpieza casera de cambio de estación, y se la acerco. Lee concentrado mi ruego.

-Vuelve a mí niño amarillo,  que la luna acentúa tu palidez. Y los perros asilvestrados se comen a los niños de azafrán  y las hormigas se tejen faldas con los pistilos de tu corazón. Tu corazón que es un poco el mío. Mi caja negra, mis 21 gramos. Vuelve, por favor, que no estoy tan desesperada para perder peso a tu costa.

Espero haber sido lo bastante literaria para convencerlo. Él no es un 21 gramos cualquiera, él es un coleccionista de pensamientos escritos desde el sentimiento y la imaginación.

Espero...