Ilustración de Núria Rodríguez
He comprado una nueva báscula para el baño, más precisa, y que habla.
Llevo la vieja al punto de reciclaje del barrio y coloco la nueva en su lugar al lado de la bañera, después de programar mi peso actual, que obvio por sentido estético.
A la mañana siguiente, me levanto a la misma hora que un día cualquiera por lo que sigo las rutinas de un día cualquiera. Cuando me subo a la báscula cierro los ojos esperando oír mi peso inamovible desde la menopausia.
- Ha perdido 21 gramos
Bajo de la báscula y vuelvo a subir un poco inquieta por la precisión de la pérdida.
- Ha perdido 21 gramos- repite con la voz nasal, que no sé por qué le ponen a los aparatos que hablan.
¿Estaré muerta? Pues vaya caca. Me había imaginado algo más peliculero que despertarme en un cuarto de baño.
Me miro al espejo y veo mi cara de recién levantada, atuso mis cabellos, despeinados como es habitual, y compruebo con un pellizco que sigo siendo yo, y no un ente incorpóreo.
Soy yo, pero con el vacio de esos 21 gramos que aumentan mi melancolía como si la batieran a punto de nieve. Es una melancolía tan física y carnal que me asusta. Estoy más perdida que mis 21 gramos.
Dejo que las lágrimas se suiciden desde mis pestañas a la clavícula. Oigo un ras que raja mi corazón. Las neuronas trabajan intermitentes y perezosas: ahora sí, ahora no, ahora sí, ahora no… Mi pensamiento se mueve sin destino, como un tiovivo.
Anochece y sigo desasosegada con el ánimo más bajo que mi cuenta bancaria a final de mes.
El sonido de una pelota de tiza rebotando en el pavimento se cuela por la ventana. Hay olor a azafrán en el aire. Recorro las cortinas con un presentimiento.
En el callejón dibujado con lluvia y tinta está mi niño amarillo ensimismado.
Me mira y mojando su pelota de tiza en su cuerpo húmedo de azafrán escribe en el aire frases amarillas que elige de los libros con las que se alimenta:
“Hay un muerto en el cementerio más lejano, que se queja porque tiene un paisaje seco en la rodilla.”
Me hace reír con su humor negro. Y sabe qué frases elegir según mi estado de ánimo.
“Hay un hombre descolorido que se está bañando en el mar. Es tan tierno que los reflectores le comieron el corazón.”
“Nada es permanente, excepto el cambio”
Acaba de escribir y se queda observándome. Esperando. No entiende por qué no está conmigo. Entonces lo comprendo todo.
Escribo en mi tableta recién estrenada un mensaje. La ato a un hilo de araña, cosecha de mi limpieza casera de cambio de estación, y se la acerco. Lee concentrado mi ruego.
-Vuelve a mí niño amarillo, que la luna acentúa tu palidez. Y los perros asilvestrados se comen a los niños de azafrán y las hormigas se tejen faldas con los pistilos de tu corazón. Tu corazón que es un poco el mío. Mi caja negra, mis 21 gramos. Vuelve, por favor, que no estoy tan desesperada para perder peso a tu costa.
Espero haber sido lo bastante literaria para convencerlo. Él no es un 21 gramos cualquiera, él es un coleccionista de pensamientos escritos desde el sentimiento y la imaginación.
Espero...


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