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El hombre gris

Aquí estamos los okupas de este almacén, rodeados de montañas de expedientes que nos tientan con sus trozos de vida recopilados por algún fanático escribano. Excitados por la curiosidad, alentados por nuestra chifladura nos disponemos a hallar el remedio que alivie a los hombres de lo raro que es vivir.
Gato se instala en su silloncito predilecto y, con esa voz peculiar que va del maullido al ronroneo vacilón, resume:
Hombre de mediana edad. Nunca toma decisiones, no sea que se equivoque. Siempre espera que los otros, incluidos hijos, esposa, familiares y amigos le quieran sin hacer el mínimo esfuerzo por su parte. Lo dominan los miedos y el qué dirán. En la actualidad y a punto de jubilarse, carece de alicientes, proyectos o perspectivas.


Nuestro hombre gris está atrapado por la rutina y los convencionalismos.
-Un muermo, un mustio deplorable, un aburrido, un...
¡Hala! lo que nos faltaba, una paloma coja soltando por ese piquito una sarta de impertinencias sobre nuestro hombre. Como siempre, el que vuela bajo es el más despiadado con sus semejantes.
Mientras se acerca con el clon, clinc, clonc de su muleta, gato me informa que la paloma es nuestra invitada.
-Me la iba a zampar, pero me ha dado pena su minusvalía- dice irónico.
-Lo que le he dado ha sido un buen trastazo con la muleta- replica el ave.
Gato bufa y le hace un gesto muy feo con el dedo corazón de su pata delantera.


Apelo a la tolerancia, al símbolo de la paz y consigo restablecer la armonía.  
Por fin, después de dos noches y tres días, un kilo de alpiste, tres de gambas peladas para gato que hace dieta monótona esta semana; bocadillos de jamón ibérico para mí que también hago dieta monótona… El Almacén de los días perdidos propone: 
Que nuestro hombre gris se vista de colores, tire las corbatas y los trajes aburridos a un contenedor de basuras y practique el funambulismo con ropas atrevidas entre los tendederos del vecindario, sin importarle qué opinan los demás.


Que se apunte a talleres de Feng-Shui, cocina japonesa y meditación zen, para mejorar su entorno, su dieta y su estrés y tener otros temas de conversación que no sean lo desgraciado que es, el dinero que le gustaría tener y el trabajo. 
Que haga una lista sólo de las cosas buenas que tiene, en vez de quejarse por todo lo que cree que le falta o se merece.
Que rescate los viejos deseos de la fosa de su alma anquilosada y dedique el resto de sus días a cumplirlos con pasión y un toque de locura uno por uno.  
Enrollamos la receta en la pata buena de la paloma y lo enviamos por correo aviar por temor de que sea interceptado por amigos virtuales, redes sociales o entusiastas de los libros de autoayuda. 
Advertencia: En algunos individuos la coloración es muy intensa. No se pase de las dosis recomendadas si no está dispuesto a asumir lo que significa dejar de ser un hombre gris.

El almacén de los días perdidos

Clica en las imágenes si las quieres ver más grandes

Erase que se era un callejón dibujado con tinta china, un sol de invierno buceando en  un cielo de escayola y un gato de chapa, todo bigotes, danzando por los tejados.
Un lugar solitario y extraño. Tan extraño como el niño amarillo que apareció de la nada botando su pelota de tiza. Clinc, clon, clinc…
Toqué el hombro del niño. Y, antes de preguntarle dónde me encontraba, se deshizo en un montón de pistilos.
-Adiós niño amarillo- susurré rompiendo el silencio del callejón y haciendo una cruz en el suelo con la tiza.
El gato laminado bajo rodando por la fachada como un botón perdido. Llegó hasta el niño amontonado y usando dos bigotes se tejió una falda hawaiana de azafrán.


Contoneando sus caderas gatunas y con el rabo en forma de caracol, se alejó bailando por la calleja. Le seguí intrigada y abducida por su buen humor y entonces… me topé de bruces con “El almacén de los días perdidos”
¡Qué descubrimiento tan asombroso!


 Sólo mis días perdidos ocupan una hilera de armarios clasificadores tan larga como un tren de mercancías de esos que pueblan las pesadillas de la vacas de culebras multicolores.
Para mi sorpresa. En este almacén no se guardan los días de ensimismamiento, ni los de mirar musarañas, soñar despierto, charlar con los amigos, provocar la risa de un niño, inventar cuentos absurdos, contar nubes o estrellas, escuchar música con los ojos cerrados, oler la lluvia, perseguir charcos  o cosas aparentemente inútiles de ese estilo.

Soy la única responsable de imágenes, textos y paridas de este blog

Aquí se guardan los días que perdemos atenazados por los miedos, con sus rutinas grises y los intentos de ser quienes no somos.  Los días que gastamos tratando de que nos quieran, con palabras no sentidas o disfrazadas. Los días pasados acumulando cachivaches, compadeciéndonos, justificando no atrevernos, retrasando el compromiso… dejando el timón de nuestras vidas en manos del destino, etcétera, etcétera.
Armada caballero de este almacén me propongo, con la ayuda del gato laminado, mi escudero, desentrañar los entresijos de este descubrimiento.
Si un ataque de ácaros o telarañas no lo impide, quiero instalarme aquí por un tiempo…y desempolvar las historias que guarda este almacén de los días perdidos al que… ¿el azar? me ha conducido.