El médico juega a las damas sobre mi pecho con el extremo del fonendoscopio buscando el latido que no oye para comérselo.
Turbado, mueve la cabeza. Sonrío y trato de orientarlo en el tablero de mi tórax
-Mi corazón se esconde, late a deshora a ritmo de lluvia mansa- le susurro…
…A veces, después de saltarse un latido o dos, percibo un leve aleteo, como si fuera un indolente pájaro enjaulado.
Suena así… Clac, clac, clac. Ssshhh…
El médico muy serio mide mi corazón y lo encuentra un poco grande, desgarbado y con una válvula que parece de otro modelo en desuso.
Pruebas. Más pruebas. Nada parece definitivo, ni grave ni leve en este corazón mío que asusta a los fonendos.
Extrasístoles ventriculares, diagnostica exhausto el galeno. Y añade…”muy frecuentes” Después, distraído, deja escapar un uhmmm donde caben tres océanos y un abismo.
Mi corazón se siente titiritero con ese título tan rimbombante otorgado por el doctor, y murmura descompasado: equi...li...brio…this is the question.
Los chinos creen que el corazón viene de serie con los latidos contados. Y, el mío, como un perro asilvestrado, ahorra esfuerzos, se hace el muerto y se salta cuando quiere el compás.
Acércate. Pega tu oreja a mi pecho y escucha.
Primero, silencio.
Luego…el aleteo, como te he contado… ¿Lo oyes? clac, clac, clac. Ssshhh…
El aleteo es la cuerda
que lo pone en marcha de nuevo, y, lo mejor de todo, es que también hace tic- tac como cualquier otro. Pero cuando siente
el tacto frío del fonendo, se hace el muerto, va su aíre y le da por perder el compás.
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