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Ese corazón loco que asusta a los fonendos

El médico juega a las damas sobre mi pecho con el extremo del fonendoscopio buscando el latido que no oye para comérselo. 

Turbado, mueve la cabeza. Sonrío y trato de orientarlo en el tablero de mi tórax

-Mi corazón se esconde, late a deshora a ritmo de lluvia mansa- le susurro…

…A veces, después de saltarse un latido o dos, percibo un leve aleteo, como si fuera un indolente pájaro enjaulado.

Suena así… Clac, clac, clac. Ssshhh…
El médico muy serio mide mi corazón y lo encuentra un poco grande, desgarbado y con una válvula que parece de otro modelo en desuso.

Pruebas. Más pruebas. Nada parece definitivo, ni grave ni leve en este corazón mío que asusta a los fonendos.

Extrasístoles ventriculares, diagnostica exhausto el galeno. Y añade…”muy frecuentes” Después, distraído, deja escapar un uhmmm donde caben tres océanos y un abismo.
Mi corazón se siente titiritero con ese título tan rimbombante otorgado por el doctor, y murmura descompasado: equi...li...brio…this is the question.

Los chinos creen que el corazón viene de serie con los latidos contados. Y, el mío, como un perro asilvestrado, ahorra esfuerzos, se hace el muerto y se salta cuando quiere el compás.

Acércate. Pega tu oreja a mi pecho y escucha. 
Primero, silencio.
Luego…el aleteo, como te he contado… ¿Lo oyes?  clac, clac, clac. Ssshhh…

El aleteo es la cuerda que lo pone en marcha de nuevo, y, lo mejor de todo, es que también hace  tic- tac como cualquier otro. Pero cuando siente el tacto frío del fonendo, se hace el muerto, va su aíre y le da por perder el compás.
Si quieres ver los Fotomontajes con más detalle, clica sobre ellos.

“Lanza tu corazón delante de ti y corre para atraparlo”

Necesitaba aliviar el desasosiego que a veces me invade de querer estar en otros lugares y en otras vidas, me arranqué el corazón y le ordené: ¡vuela!
Y mi corazón saltó por la ventana, cruzó el semáforo en rojo sorteando dos bicis, una moto y un coche de bomberos. Trepó a un árbol y con las venas periféricas le tejió un jersey a un polluelo desnudo que lloraba de frío.
Sufrió vértigo de altura por falta de costumbre y cayo rodando hasta perderse por la ranura de la alcantarilla. Donde una rata húmeda, de nariz rosa y largos bigotes le dio un bocado dibujando una media luna en su músculo liso.
Mi corazón dio un vuelco y se dejó llevar por la corriente. Se mantuvo a flote entre un calcetín desparejado, los pedazos de una carta de amor y ¡por suerte! la descarga del suavizante para la ropa de mi vecina que huele a jabón de Marsella.


Yo lo seguía exhausta y esperanzada. Y no sé cómo llegamos a mar abierto.
Mi corazón se hizo mascarón de proa de un velero bergantín comandado por un pirata cojo, un loro irónico y una tripulación indolente.
Viajamos tanto que no nos daba tiempo a deshacer las maletas ni adecuar el vestuario a las distintas intemperies. Cambiamos el placer de la cotidianidad por el sobresalto y la expectativa; y la construcción de relaciones sólidas por hermosos castillos de naipes que se deshacían antes de acabar de instalarnos.
Hasta que un día mi corazón se plantó. Herido y cansado, me dijo: quiero volver a casa y agotar los latidos que me toquen junto a la gente que amo.

Y es que “el corazón es un niño que espera lo que desea”