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Cuando el amor viene así de esa manera…...uno no tiene la culpa

Cuando encuentres que tus relieves encajan en sus huecos. Que no tenéis los mismos gustos...
 y pese a ello  hay un hilo invisible que os une...
 ...Es posible que sea amor, y hasta puede que dure para siempre.
No tiene explicación, es como tener o no tener ritmo para bailar.

Asientos reservados para personas especiales

Se colocó las gafas de sol, temiendo que la fría luz de los vagones del Metro la despertara de su ensueño.

Se sentó en los asientos reservados para “personas especiales”, como si fuera consciente de que lo era. Me senté frente a ella y la observé.

Todavía era guapa, de porte altivo. Olía a Chanel nº 5 y sus ropas, aunque algo ajadas, eran de buena hechura. 

Olvidó los poemas que recitaba en los andenes y entabló un duelo entre recuerdos y opiniones. 
 
 “Ah, la Magnani… qué buena actriz…y qué fuerza… Esa sí que era una mujer de armas tomar y no la menganita… (Aquí nombró a la esposa de un político local)”  
Cabeceaba y reía pícara imaginando vete a saber qué.

Los niños la escuchaban fascinados. Algunas almas simples la observaban con rechazo, y se alejaban de aquella mujer extraña que hablaba sola.
 
En un momento nos miró con sorpresa, como si acabara de descubrirnos, y entonces dijo con un deje de ironía:
“Que importa si me llaman loca… Que me encierren en un manicomio… si quieren… Lo prefiero, antes que un hombre no me saque a bailar” 
 
Se meció con nostalgia del algún bailarín amado. 
 
Descolgué la cámara de fotos del cuello. La coloqué sobre mis rodillas para compensar la falta de luz y el movimiento del vagón. Dos únicos disparos. 
 
No quería olvidar a aquella Magnani rubia, que vagaba por los andenes del Metro embrujando a su soledad con versos y soñando con un hombre que la sacara a bailar de nuevo.

Qué tal, amor, si dejamos de lado que estamos viejos





¿Qué tal?, me preguntas distraído rozando con tu mano mi espalda.
Qué tal si me miras a los ojos con pasión además de ternura. Qué tal si tu mano se desliza morosa y juguetona o tus labios recorren mi cuello hasta quedarse en mis pechos, no como un niño hambriento de cariño sino como un hombre buscando el paraíso.
Qué tal, amor, si dejamos de lado que estamos viejos para andar jugueteando y que las mariposas en el estómago son cosas de poetas.
Qué tal si ponemos música, velas, nos reímos de tonterías como antes y bailamos pegados.
Qué tal si hacemos una restauración del sistema y volvemos al punto donde todavía creímos que el otro era un misterio, una cima, un sendero con sorpresas por el camino.


Qué tal si paciera en tu cuerpo con la parsimonia de una vaca satisfecha. Explorara en los rincones dónde todavía quedan rescoldos y los aventara… Mordisqueara el lóbulo de tus orejas como un cachorro travieso o dejara que mi lengua hablara en ese idioma que sólo tú y yo entendemos…
Qué tal si nos conectáramos  como unos científicos locos en circuito cerrado y nos olvidáramos por un rato de los hijos, de los nietos, de los achaques, del pastillero, del mundo…
-María, cariño, ¿qué ocurre? Te noto extraña.
-Nada, cielo, fantaseaba.
-Qué tranquilidad y qué bonito es el mar ¿verdad?
-Sí, qué bonito