Nunca he llevado zapatillas de estar por casa, me refiero a estas zapatillas peludas y confortables con las que arrastras los pies mientras disfrutas de su confort sin más pretensiones. Aunque sí he utilizado calzado cómodo, pero siempre con un toque estético que me permitiera salir a la calle en caso de desearlo.
Creo que este hecho se debe a un "trauma" de infancia que algunos ya conocéis y que ocurrió cuando yo tenía siete años.
Llamadme frívola, pero nunca superé que al ingresar en el internado las monjitas, desesperadas ante mi enorme pie para el tallaje de la época, decidieron cambiar mis preciosos zapatos de charol, con los que llegué vestida como una niña de película americana, por unas horrorosas zapatillas de abuelo de cuadritos.
Y me obligaran a olvidarme de mis calcetines de perlé blanco a cambio de unos de hombre marrones, flojos de goma y con pelotillas de lo usados que estaban.
Pero por fin os digo, alto y claro, que se acabó la tontería por mi parte.
"Adiós glamur, bienvenido confort"
Y digo yo, ¿no se puede combinar el glamur con el confort como hago yo?