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Madrid, 4 meses de infierno... y esa loca desatada que me habita

 
¡No vemos en otoño! ¡Espero!*


El calor me vuelve majara. Hago cosas impensables en mí como salir a la calle con las chancletas de estar por casa y un vestido de seda de colores que me hace parecer una oronda y alegre señora  de crucero por el Caribe.

Además, llevo un abanico en una mano y un espray de agua helada en la otra y, mientras camino, me mojo con el agua fresca de la cabeza a los pies, literal. Como si me estuviera perfumando en plan compulsivo.
Tengo estos refrigerados en el congelador que, aparte de usar para mis dolores, me llevo a la cama todas las noche. Unos van entre la funda de la almohada y mi cuello y otros en un cojín sobre el que pongo las piernas.

Coloco los pies sobre un bloque de hielo de nevera portátil y, cerca, el ventilador a todo trapo. En ocasiones extremas,  me envuelvo completa en un pañuelo grande mojado. Suerte que a mi Xavi mi locura no le espanta. Es un hombre fuerte.
Por eso y más razones, me despido hasta que el otoño me devuelva la poca cordura que me queda.

Ah, el que dude del Cambio Climático delante de mí que se atenga a las consecuencias, el calor me vuelve salvaje e irracional. 
 

* El mundo deshaciéndose como un helado que he utilizado para mi fotomontaje es de una campaña de publicidad de  World Wildlife Fund

El calor modifica la trayectoria de mi comportamiento

*ver final post
El calor extremo me trastorna. Me convierte en Mr. Hyde. Soy la abuela de la niña del exorcista. Me adentro en el desierto de Madrid cual tuareg enloquecida. 

Sobrevivo envuelta en pañuelos húmedos que al contraste con el aire del ventilador me producen escalofríos. Reproduzco un invierno portátil. Convulsiono intermitente como oficiante de  aquelarres. 
 Protegida por mi mortaja refrigerada low cost,  sueño con hacerme invisible y caminar desnuda por las calles… y vivir escondida en los zaguanes que siempre están fresquitos…
Hago conjuros para que los peces me añoren y acerquen el mar a mis ventanas…
 …y me imagino pescando en el muelle con un cubito de playa y una caña de pescar de la Señorita Pepis mientras los delfines se parten de risa de mi poca habilidad con los anzuelos.
…Me pierdo en ensoñaciones y me ofrezco como musa al regador para que haga nacer en  mi cuerpo ríos caudalosos que se arremolinen en los relieves,  se arremansen en los huecos y caigan en cascada al lago de mi ombligo.  
 Como un pirata loco, recluida en una ciudad sin mar, navego por los  charcos donde se bañan las nubes y abrevan los cielos…
No gime el viento en la lona…Que más quisiera yo. Calma chicha, puré de guisantes… ¡Puaj!
Vuelvo a ser el espadachín de mi infancia y desinflo desiertos de pega que guardo espolvoreados de talco junto a mis aletas de mar, pies de rana inservibles para caminar en esta urbe de asfalto recalentado.
Enloquecida, con una mano muevo el abanico con la otra me rocío de agua helada como planta tropical abandonada en el desierto.

Amortajada y desquiciada hasta que empiecen las lluvias, el aire fresco… y los árboles se oxiden abrumados de verano, mi mente obsesiva sólo emite una pequeña señal de vida: te extraño otoño… te extraño…te extraño…

*El original utilizado para el primer fotomontaje es un una pintura de Horacio Obaya que tiene obras preciosas que podéis ver y adquirir pinchando AQUÍ