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LulaBlú, la hormiga extraterrestre


Max se encontró a Lula en el balcón de casa, aturdida y con una herida en la tripa. La cosí con hilo azul y puntada invisible. Ventajas de haber ido a colegio de monjas.

La hormiga azul sólo recordaba que una nube-embudo había engullido su nave voladora y se había estrellado en un Parque muy grande.  

 Abrimos el sofá-cama para invitados pequeñajos, esperando que Lula durmiera, descansara y pudiera recordar dónde había escondido su nave.

 
Aunque le mostramos todos nuestros manjares, Lula se entusiasmó con las zanahorias.
En el Planeta de Lula se lavan en seco, como los abrigos en la Tintorería.

Así que tuvimos que convencer a Lula de que no íbamos a hacer sopa con ella y que el patito de bañera no era peligroso.
 
Mientras Lula se recuperaba y trataba de recordar dónde había escondido su nave, todos en casa nos turnábamos para jugar con ella y mimarla.
  A pesar de nuestros mimos, Lula añoraba su mundo.

Hasta que un día, mientras merendaba sus galletas de canela, empezó a recordar...
 
No queríamos llamar la atención y que las autoridades se quedasen a Lula para estudiarla. Así que Lula viajó en mi bolso, y me iba indicando el camino.
 Cuando no había nadie a la vista, Lula salió del bolso y fue a ver si su nave seguía debajo de los arbustos.
 Regresamos varias veces al Parque y nos fuimos llevando en mochilas los restos de la nave de Lula hasta el garaje de un amigo.
Lula es piloto, pero en su planeta son los escarabajos los expertos en mecánica. Vaya lío, ¿dónde encontrábamos un escarabajo mecánico?

Al final Max tuvo que hacer un curso intensivo por internet de “Mecánica para Naves, Aviones y Zarandajas voladoras”
Lula aprovechaba estos paseos por el Parque tratando de comunicarse con las hormigas terrestres, que pasaban de ella como nuestro Gobierno de la mayoría de nosotros.

Después de que Max utilizara todas las tiritas de casa y agotara el pegamento súpel-fuelte de las tiendas de chinos de nuestro barrio, LulaBlú pudo regresar a su mundo.

-Buen viaje, LulaBlú. ¡Nunca te olvidaremos!
Antes de volar a su destino, enseñé a LulaBlú el cuaderno de cuentos que había hecho para las nietas. Parece por su cara, que le encantó.  
Interiores de Lula: nuestra casa
                                  Exteriores de Lula: El Retiro de Madrid.

Caperucita Roja. Cuentos locos para niños grandes

Erase una vez un Lobo…
…un Lobo que ya no se disfraza de abuelita ni se camufla entre pieles de cordero. Ni mete la patita en harina para engañar a los siete cabritos. No. El Lobo de este cuento es un gigoló que hace temblar la tarjeta de crédito de la abuelita cada vez que sale de compras, porque es una Fashion victim.
Pero, qué caray, la abuela ya no usa camisones de franela ni gorritos con volantes para dormir y se pasa el cuento aullando y cantando:
Hola mi amor, eres mi lobo
quiero bailar contigo un lindo rock & roll…
Hola mi amor, eres mi lobo
Quiero tenerte cerca para oírte mejor…
…Ya solo quiero una noche sin final
En la que ambos nos podamos devorar…*
Ilustración de Doré, que he coloreado
Y aunque en los cuentos modernos el Lobo no se come nada para no traumatizar a los niños; entre nosotros, que somos niños grandes, lo que le ocurre al Lobo es que sigue obsesionado con Caperucita.
-¿Caperucita, quieres que cabalguemos por el camino más corto hasta llegar al clímax más largo…  ¿Quieres descubrir para qué sirve una boca tan grande… y qué artilugios de placer llevo en mi bolso de firma?
-Ni lo sueñes, chalado. Aunque te vistas de seda, Lobo te quedas. Si mi único destino es comer perdices con un personaje de cuento, me pido a Corto Maltés.
-Va de retro, Satanás-exclama el Lobo desesperanzado.
 -No puedes meterte en mi cuento, larguirucho. Ella es mía, sólo mía.
-Lo siento, Lobo. No es nada personal. Pero mírate, colega, ¿cómo vas a enamorar a Caperucita, que además es roja, toda pasión, con esas pintas y tus ridículos disfraces?
Y el lobo se echa a llorar, porque en los cuentos modernos ser lobo es una caca. Los niños no se asustan, las abuelas no sólo se mantienen en forma, sino que te mantienen con su pensión y...
...las Caperucitas no se dejan engañar y eligen con quien quieren ser felices y comer perdices.
Y colorín colorado, este cuento loco para niños grandes se ha acabado.


*Fragmento de la canción "Hola, mi amor, soy yo tu lobo", de la Orquesta Mondragón.

Pesadilla en mi Cocina



 
 
 
 
Sacacorchos le declara su amor a Cacito, pero ella no puede amarlo…




…porque sigue colada por Rallador Pirata, que se largó detrás de un parmesano que le quitó el sentido.

 
 
Sacacorchos se hunde en la ciénaga del desamor. Pero Cacito le promete que intentará quererlo. Y el abismo se convierte en primavera y…
 

 …para demostrarle su amor, Sacacorchos teje para Cacito un poncho con jirones de nubes blancas.
El amor inunda mi cocina hasta que…
 
  …Multiusos se declara con pasión a Cacito y le promete aventura, riesgo, risas y sorpresas y no esas cursiladas de ponchos de nubes. 

Cacito se agita, duda, mientras Cazo y Cucharón se bañan desnudos en la sopa…
 
Las Tijeras le cortan el rollo al Pelador que se ha puesto pedante con sus habilidades…

…y las Cacerolas tiran por la ventana a la Olla Rápida; el Exprimidor patea a los limones…
…al mismo tiempo que los Palillos practican el vudú con las patatas y el Wok hace taichí al borde de la encimera…

Pero la gota que ha colmado el vaso de mi paciencia ha sido la Nexpresso que exige que sea el dedo de George Clooney quien le encienda el botón o se declara en huelga de cafés cortos e intensos como a mí me gustan.
No aguanto más. Mientras encuentro un chef que no esté haciendo un programa de TV que restablezca el orden en mi cocina…,
…me voy con el Imserso a Benidorm, a pensión completa, que me han dicho que es como New York pero en castizo, y me queda a tiro de piedra.    
Auf Wiedersehen,colegas

(Clica en las fotos si las quieres ver más grandes)

Sin ti no soy nada


Sin ti no soy nada pensó con su cabeza de hojalata dispuesto a morir en aquella papelera. Las luces de Navidad vestían de colores su mortaja. El papel de regalo se lo llevó el viento dejando a Lilliput tiritando en su agonía.




 
Sin  ti no soy nada, grabó aquella mañana con sus manospinza en la silla del balcón antes de dar un salto mortal y lanzarse al vacío.



Sin ti no soy nada, dibujó en el aire como un acróbata celeste y se agarró a una rama amortiguando el cacharrazo contra el asfalto.

Caminó por las calles sin rumbo y una idea latiendo en su pecho de lata: dar con ella.



La criatura roja y cilíndrica con un solo ojo le cortó el paso. Y Lilliput tratando de llegar al corazón de su colega metálico halló un néctar dorado y espumoso que le aflojó los tornillos y le enturbió los pensamientos.



Sssin ti no sssoy nadaaa, cantaba tratando de esquivar  a las máquinas de enormes ojos que rugían entre las sombras.

No recuerda cómo apareció en aquel portal, subido a un cartón de vino Don Simón junto al bulto de un gigante debajo de una manta que le decía:
- ¡Tranquilo, coleguita, que aquí sanan el alma! Cuando abran, pedimos hora, que esto lo cubre la Ley de Dependencia.


Ahogada su resaca, que no sus penas, con el líquido con más cloro del mundo, cortesía de Aguas de Barcelona, reanudó la búsqueda.  




Dispuesto a llegar hasta las mismas puertas del infierno, Lilliput  henchido de pasión, levantó su puñopinza y arengó a los paseantes:

Clamé al cielo, y no me oyó.

Mas, si sus puertas me cierra,

de mis pasos en la Tierra

responda el cielo, no yo.


La buscó sin descanso  entre las ruinas, por la playa, en los parques...



¡Sin ti no soy nada, Mari Pili!, gritó en medio del paseo solitario, pegado a su sombra para sentirse menos solo.

De pronto un estruendo inesperado le hizo ponerse a buen recaudo. Un camión de la basura blanco y verde paró a unos metros de donde se encontraba. Dos hombres manipularon un contenedor de restos.

- Mira, Pepe, parece que alguien se ha deshecho de sus muñecas.

-¡¡Mari Pili!!

Sintió una punzada en su pecho de hojalata. Trato de darse cuerda y seguir al camión, pero la cercanía del mar había atascado sus mecanismos.



La posición de la silla del balcón con el nombre de Mari Pili grabado en el respaldo fue la pista que me llevó hasta mi pequeño Lilliput. Lo demás fue pan comido, que para eso me trago por amor los CSI de Las Vegas, Miami y New York cada lunes, llueva, truene o relampaguee.

Volví a sacar a Mari Pili del baúl de los recuerdos donde la había guardado en un arranque tonto de estética, y juntas bañamos a robotito para quitarle el polvo del camino.
Y así los dejé, con sus arrumacos y su poesía:
No me dejes, Mari Pili, porque yo sin ti no soy nada