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Tan, tan van por el desierto… Tan, tan, Melchor y Gaspar…

  …Tan, tan, les sigue un negrito al que todos llaman el Rey Baltasar…
 
Hoy los Tres Reyes Magos tendrían muy difícil atravesar fronteras con la esperanza de confirmar una profecía.
Se dejarían el oro por el camino, en manos de las mafias que les prometerían un atajo hasta las puertas del Reino...
O la vida contra unas vallas cortantes o a lomos de una frágil embarcación. Porque ya se habrían comido los camellos en su larga travesía.
Quemarían el incienso para ocultar el hedor de tanta hipocresía e indiferencia.
O se lo ofrecerían a nuestro beato Ministro del interior, Jorge Fernández Díaz, para que aromatizara sus rezos. 
Un señor de misa diaria que sin pizca de caridad cristiana, que se le supone, propone enviar a los emigrantes como paquetes a casa de cualquiera que critique la falta de humanidad de su política.
Magos de tierras lejanas, nosotros sólo queríamos brazos que trabajaran por poco dinero, que no tuvieran alma ni sueños.  
 Sí, ahora ya lo sabéis: Queríamos brazos y llegasteis personas.
 ¡Felices Fiestas a todos! Y un brindis por la Revolución y la Esperanza

No mueren aterrorizados por las pelotas de goma, es que nadan como niños


Varios grupos de subsaharianos se lanzan al agua con la intención de cubrir a nado unos 100 metros, la distancia entre la miseria conocida y el sueño de una vida digna en algún lugar de Europa.
Desde Ceuta, la Guardia Civil dispara pelotas de goma para disuadirlos.
Los emigrantes no saben si les están disparando con pelotas de goma o con balas de verdad. Se asustan y quince emigrantes mueren ahogados. Una patrullera cerca no hace nada para rescatarlos.

“No mueren aterrorizados por los disparos, se ahogan solos” dice sin inmutarse el presunto periodista, Alfonso Merlos, y precisa que es que nadan como niños de año y medio, y claro así les va…

Ya le vale, señor Merlos, no es usted más tonto porque no entrena.
No sé cómo no se le ha ocurrido que podrían venir en un Crucero en vez de amontonarse en lanchas precarias o de juguete. O tomar clases con David Meca, campeón del Mundo de Natación en Aguas Abiertas.
Apago la tele. Y para conjurar el horror y vergüenza que me produce tanta estupidez, crueldad y deshumanización me pongo a hacer un fotomontaje.

Y esto es lo que salió de un tirón.
Ah, los dibujos no son influencia de Merlos, dibujo así, como los niños, y así me va.

¿Qué miran los hombres del saco?

 
Buscan el Paraíso que no está en el asfalto por el que corren de un lado para otro con sus sacos al hombro.
Miran la batalla que no entienden, y en las treguas exponen sus mercancías como si fueran sueños entibiándose al sol.

 
Miran buscando la esperanza que vuela en una cometa de papel con hilo corto, pero ellos creen en el viento que la pondrá a su alcance. Aunque no saben el momento ni el lugar, por eso miran.
 
Miran al Sur donde dejaron madres llorosas, abrazos, amigos, canciones y recuerdos pegados a esa tierra de la que huyen y a la que sueñan regresar.
…Pero no miran hacia atrás añorando el pasado, sino que miden la distancia recorrida hasta conseguir un saco con el que subsistir. 

Miran sin miedo, porque ellos saben que se puede vivir hasta sin amor, pero no sin esperanza.
Esperanza que trasportan en esos sacos con los que recorren de un lado a otro la ciudad.

El tendero poeta

  

Cuando la luna “enseña, lúbrica y pura, sus senos de duro estaño”, Samuel, el tendero poeta, acaba su jornada de trabajo, apaga las luces de su comercio, cierra la persiana metálica y se aleja por el Paseo.
Apenas el sonido de sus pasos se mezcla con el run run del tráfico, empieza el jolgorio en el interior de la tienda.

Los tomates cherry, en procesión, sacan el cuaderno donde Samuel escribe sus poemas en bengalí.

Ya está la piña con su tocado de fiesta en primera fila, y los espárragos como soldaditos verdes en formación. Las uvas se arraciman para conjurar la soledad.

-Qué alguien traduzca los versos- grita descarado el nabo picante.

Y las bolsitas de té importado se prestan gustosas saltando desde las estanterías.

-Que empiece ya, que el público se va- corean gamberras las sandías, entrechocando unas con otras.



Ay, como lloran las cebollas emocionadas con los versos de amor. Las lechugas rizadas suspiran agitando sus onduladas cabezas, y los pepinos y calabacines bailan pegados.

Sobre el borde de una caja, el pimiento verde se marca una tarantela, mientras el cebollino y la hierbabuena le hacen cosquillas a las patatas y las frutas sueñan con madrugadas de rocío y tardes tomando el sol…

La jam poética termina al alba.

A dormir- ordena el perejil, que le gusta estar en todas las salsas, mientras los tomates cherry, a ritmo de conga, dejan el cuaderno debajo de la caja registradora. 


El sol se despereza dibujando un camino de luz en la acera de la tienda. Samuel abre la persiana y empieza una nueva jornada, todas idénticas de lunes a domingo. Sin descanso.

Hace casi diez años que dejó Bangladesh en busca de un futuro mejor. Cree que tiene 37 años, aunque tampoco lo sabe con certeza.


Ha sido un placer conocerte, Samuel. Gracias por enseñarme tus poemas, por dejar que hiciera las fotos y que contara esta historia a mi manera.

Ojalá, poeta,  que el camino hacía ese futuro que sueñas no sea muy duro. ¡Que las Musas te acompañen!