Cuando encontraron a Lola, llevaba
el ojo colgando como un botón descosido, la llevaron al veterinario, pero el
botón ya no se podía volver a coser, así que decidieron cerrar el ojal.
Lola en realidad no es una gata
callejera, sino una gata pirata, que ante la duda de que se rieran de ella
cuando decía “tierra a la vista” decidió poner millas entre la mar y su lomo
bruno.
La noche en que abandonó el bajel,
llovía a mares.
Anduvo por las calles mojadas del Puerto haciendo eses como cualquier marinero.
Buscó un hueco caliente, se comió
el jurel que había pescado previsora de tres bocados. Eructó con los modales de una pirata, y durmió a
pierna suelta, como si se hubiera bebido una botella de ron sin respirar.
Cuando la encontraron, ya hambrienta, sucia, desorientada, con un ojo que colgaba descosido como un botón, era una gata sin lustre, sin barco, sin oficio y sin nombre.
Ahora se llama Lola, vive como una
reina y cuando mi amiga llega a casa le hace la croqueta feliz, girando su lomo
a babor y estribor, sin importarle el punto muerto donde antes había un ojo, un
botón descosido, un ojal…
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