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Impermeable al desaliento...

... ¡Me he regalado unas cejas nuevas! por mi cumple.
Cuando llegué a casa con mis cejas recién puestas, me sentí muy Frida Kahlo. Aunque las mías no sean tan cejijuntas ni tengan esa personalidad única y divina de la Kahlo.
La reforestación de mis cejas ha sido posible gracias al  Microblading, un tatuaje semipermanente en 3D, ejecutado con maestría por una chica bella y talentosa.
Como dice en su web:
 ¿Duele?
¿Mucho? No
Me miro en los espejos y no me veo sin flequillo. 

Aunque, al levantarme con las cejas puestas, salir de la ducha con ellas  y seguir el trajín del día a día sin preocuparme de si están o no están me den ganas de peinarme a lo María Callas.
Lo mío con las cejas ha sido un sin vivir desde mi primera Comunión, donde me crecieron asilvestradas por cortármelas unos meses antes, pasando por mi primera boda, seguidora de la moda  de cuanto menos pelillos en la cara y más en la cabeza mejor.
Decía Coco Chanel que “Puedes ser preciosa a los treinta, encantadora a los cuarenta e irresistible durante el resto de tu vida”. Pero de cejas, que yo sepa, no hay nada escrito. 
En mi caso, era ingenua en la veintena, estaba en mi mejor punto en la treintena y en la cincuentena por fin supe lo que no quería. Y ¿mis cejas?  Impertérritas iban desapareciendo por el camino.
 ¿Querré ser irresistible el resto de mi vida? 

Porque además de cejas nuevas empiezo a vestirme de ¡colores!, después de 15 años de todo negro, que encontrar algo en mi armario a la primera es un trabajo para arqueólogos vocacionales
¿Se te ocurre qué estará tramando mi alocada mente afectada por la sesentena?