Cuando salgo a vagabundear con la cámara, hay días en los que sólo me interesan los animales. Y ocurre que, en esos días, los animalejos salen a mi encuentro y se ponen a tiro de un clic, como si adivinaran que son el mejor remedio para aliviar mi extraña melancolía.
| Ondulado y secado de peluquería. |
He leído que en Rosario, Argentina, los caballos están obligados a usar sombrero cuando hace mucho calor. ¿Pero hay alguna ley que hable del arreglo de crines, pezuñas, colas...?
| Secado al aire con puntas asilvestradas y manicura casera |
Espejito, espejito ¿quién es el más guapo del lago? Cómo vuelva a decir el cisne, se va a enterar.
Ay, Felisa, se me está durmiendo la pata otra vez… Esto del yoga no es para mí. El próximo curso me apunto a zumba.
¡Madre, mía, qué cegatos, colegas! Que NO, que no llevo gorro, que es un efecto óptico posicional. Mira otra vez. ¿Lo ves ahora?
¿Cómo que sólo es un parecido razonable? ¿Te has fijado en la sonrisa…? No me digas que no es clavadita a la mía.
Hija, qué manía con eso de que las personas acaban pareciéndose a su perro. ¿En qué me parezco yo al mío, a ver? ¿En qué?
“No estoy más gorda... es que tengo retención de líquidos”. Excusa recurrente de las menopáusicas cuando se nos desdibuja el body y se nos ensanchan los tobillos.
Vale, chaval, ahora ni caso, pero cuando ella pase de ti o te rompa el corazón… ¿a quién le vas a contar tus penas, eh? ¿En qué lomo peludo vas a llorar? Pues eso.



