"Más amor y menos calor", grafiteo por las paredes dando saltitos sobre el asfalto ardiente, como un bicho raro de esos que salen en los documentales de TV caminando por parajes inhóspitos.
Ordeno a mi pensamiento cerrar las puertas al verano para que el otoño se adelante con su aire fresco, su luz, olor y color y reanimen a esta momia que “veranea” obsesiva tachando con placer los días calientes del calendario.
Mientras el gato de mi vecino maúlla lastimero añorando un edredón esponjoso de Ikea donde esconderse a ronronear y soñar. Te comprendo, minino.
Intervengo los grafitis que encuentro a mi paso y los acomodo a mi anhelo otoñal. El calor me vuelve majara.
Pregunto a los veraneantes felices ¿por qué les gusta el calor? Los únicos sinceros son los viejos. Me cuentan que les alegra el cuerpo ver pasar a las mujeres ligeras de ropa.
-No importa la edad, todas tienen su encanto-me dice uno- En invierno van tan tapadas que no sabes ni quien te saluda.
-En invierno también podemos estar sexys, señores míos. No hay nada que caliente más que el látex… si sabes cómo usarlo.
Me vista como me vista y aunque no me mire ni el león de la Metro-Goldwyn-Mayer no soporto el calor.
Sorprendida por dos goterones de tormenta que se estrellan contra mi balcón, resucito cual momia deshidratada que se esponja. Y, como si esas gotas fueran el elixir de la vida, me pongo en marcha con precaución. El otoño se acerca, me animo.
-Hola, hola… ¿Hay alguien ahí?















