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Un hombre infeliz que se miraba el ombligo

El hombre de mi historia no tenía motivos importantes para ser infeliz. Pero un día, giró sus ojos hacia adentro, se concentró en sí mismo y se inventó un mundo asqueroso que parecía conspirar contra él.

Los párpados se le quedaron abiertos, atascados por el asombro. Las pestañas  se mustiaron añorando la humedad de la emoción y la que provocaba la risa, y los globos oculares al revés le daban un aire de zombi desvalido.



Para disimular el estropicio, el hombre se compró unos ojos.
 

- Los de soñador son los menos comprometidos, dan el pego en cualquier circunstancia – le dijo el viejo artesano, una eminencia en ojos para los que no quieren ver.


El hombre salió a dar un paseo con sus ojos de mentira, orgulloso de que nadie pudiera descubrir su infelicidad, miraba soñador mientras sus ojos de verdad se abrían paso a través del  ombligo, redondo y anudado como sus emociones.


Qué desaguisado. Su corazón ya no era rojo y latía con desgana. Vio como la desesperanza y el resentimiento tejían paranoias entre sus costillas flotantes. Y no hizo nada por  salvar a  la empatía que se ahogaba en una artería taponada por la furia.



Él, que antaño amaba la belleza, se perdió para siempre los atardeceres, que dibujaban con tinta china los paisajes sobre un cielo naranja y malva, las sonrisas enigmáticas, el cruce de miradas y un montón de pequeños placeres que os podéis imaginar.
 
Entre su mujer y  el hombre se instaló una autopista de silencio, cada vez más desangelada, cada día más ancha. Por la noche miraban la tele, es un decir, porque sus ojos de verdad seguían mirando hacia adentro. Una vez en la cama  se daban la espalda antes de dormir.


Entonces él se quitaba sus ojos de soñador, los guardaba con cuidado en una cajita de nácar, y lloraba desconsolado en la oscuridad.




La mujer invisible



¿Desde cuándo no le dirigían la palabra en aquella casa salvo para exigir sus servicios?

¿Mamá, ¿dónde coño está mi camiseta lila? Joder, te he dicho mil veces que odio la Nutela.  ¿Lola, puedes plancharme el pantalón de lino? Ah, vendré tarde, tengo una reunión, no me esperes despierta. Este fin de semana también trabajo.

La hija adolescente mordisqueaba las tostadas mientras seguía con la cabeza y parte del cuerpo el ritmo de la música que retumbaba a través de sus auriculares y mandaba sms con la mano libre.  El marido consultaba su iPhone, tecleaba, sonreía a la pequeña pantalla, chasqueaba la lengua…

La mujer miró a su familia durante un buen rato ¿Quiénes eran aquellos intrusos que la utilizaban, que jamás daban las gracias, ni le dedicaban una sonrisa o le preguntaban cómo se sentía?

El día anterior, Lola fue a la peluquería. Se compró un vestido rojo y un sombrero. Estaba guapa, hasta ella lo reconoció cuando se miró en el espejo un día más para comprobar si seguía siendo visible.  

-Me voy, dijo en un susurro.

-…  

Carraspeó. Me voy, dijo más alto. No sé si para siempre o por una temporada. Tenéis comida en la nevera para una semana, después, tendréis que espabilaros.

Ni siquiera la miraron cuando sonó su móvil. -Bajo enseguida- le dijo al taxista. 

Sacó del bolso un sobre blanco con una carta de despedida e instrucciones para que no se perdieran por la casa solos. 

Comprobó que llevaba el dinero rescatado de un plan de pensiones y recogió la maleta que había dejado en el recibidor.

Adiós, dijo al aire. Y se marcho sin volver la vista atrás.


Summertime de Hopper muy intervenido por Tesa

-Al aeropuerto, por favor terminal dos.

¿Vacaciones o negocios? – dijo el taxista mientras programaba el GPS

Vacaciones- mis primeras vacaciones de verdad en veinte años.

Las calles justo se desperezaban. El aire olía a pan tostado y café.

Por  la radio del taxi emergió como un volcán en erupción la voz de Janis Joplin interpretando Summertime.



Justo una semana después, tal y como Lola había imaginado, se dieron cuenta de que Lola había desaparecido, cuando los platos se amontonaron en el fregadero, la nevera se fue vaciando y la camiseta favorita y el pantalón de lino seguían en el cesto de la ropa sucia.

Tratando de encontrar un indicio que confirmara tan extravagante conducta, impropia de una madre amantísima y de una esposa cabal, dieron con la carta de despedida, que seguía sujeta por el azucarero debajo de una caja de cereales vacía.

Ni mi dolor es tan alto ni soy tan alegre como unas castañuelas


Tengo una tristeza antigua que de vez en cuando alimenta mi melancolía y se instala en casa con su baúl anticuado donde guarda carencias, decepciones y algún sueño roto. Mi sentido del humor huye, no soporta la desproporción de su puesta en escena ni sus monólogos del club de la comedia de las comadres amargadas.
-Nena, a tu edad y sigues sin oficio concreto y lo que es peor sin beneficio. Que has cambiado de profesión más que de casa. Y todavía sueñas…
 Eres una mujer proyecto. ¿A quién crees que le interesa lo que haces? ¿Por qué insistes? Es normal estar deprimida con la menopausia, ya sabes, envejeces, engordas, el baile de hormonas…, y encima ni le das a la soja ni a los tratamientos milagrosos, que mira que eres arcaica con el abanico y el rollo zen.
 ¿Aventurera? ¿Bohemia? ¡Ja! En el mundo real a eso se le llama ¡¡¡FRACASADA!!!
 
Hay veces que mi tristeza antigua gana una batalla y entonces sólo me apetece el silencio, pasear por la playa, redecorar la casa, acurrucarme en un sillón, escuchar a Mozart, ver cine raro y dedicarme a leer y leer entre suspiros…

Intervención y fotomontaje sobre un cuadro Hopper
Pero mi sentido del humor regresa, me pinta bigotillos con rotulador, me pone una nariz roja de payaso y me recuerda que hay que tener grandes sueños, expectativas razonables y necesidades mínimas.
Y también lo pequeño que es mi desasosiego comparado con el dolor real de tanta gente. Ese dolor tan alto, que decía el poeta Manuel Altolaguirre, que mira al otro mundo por encima del ocaso. 
Así que visto lo visto, engatuso a mi tristeza con unas lagrimillas y un nudo teatrero de garganta. Y cuando se descuida, zas, la dejo en coma con una tanda de chistes malos. La doblo en tres y la guardo en el cajón de los calcetines hasta el otoño, por lo  menos.
Ya lo decía Kant, el filósofo idealista: El sueño es un acto poético voluntario
Elijo seguir soñando, aunque a veces me sienta una mujer proyecto, una aventurera sin aventura, una bohemia domesticada y el desasosiego me recorra el cuerpo como un caballo desbocado.

SpanishRevolution


 Plaza del Sol de Madrid

Tuve un sueño: que esta España provinciana y llena de complejos se sacudía por fin la indiferencia, la caspa y la apatía y tomaba las riendas con la fuerza, la preparación y el entusiasmo de los más jóvenes.

Cuando desperté: la derecha más rancia y corrupta de Europa se pavoneaba de haberse pasado nuestra spanishrevolution por la ranura de las urnas.


Partidos cuya única bandera es la xenofobia han conseguido concejales por primera vez en ayuntamientos donde la mayoría de los votantes son trabajadores, desocupados y pensionistas con problemas para llegar al fin de mes. Estoy triste y un poco desanimada.

Pero como dice Almudena Grandes: "Elijo la esperanza, porque la virtud del revolucionario es la paciencia" 



 

El enigma del cinco, la isla de Manhattan y la fecha de caducidad



-Tiene que ser un mensaje, ¿si no cómo te explicas que sueñe algo tan raro?

-¿Un mensaje del número cinco? Dice mi pareja en tono burlón.

-No sé de quién es el mensaje, pero reconocerás que no es normal soñar algo así.

-Tus sueños no son normales, cielo.  Siempre me sorprende que recuerdes qué sueñas con tanta precisión.

Ajeno a mi desasosiego, le da un bocado a la tostada mientras consulta la agenda.

-¿Me estás escuchando?

- Te escucho. Has soñado que...

“...el cinco no es una aberración matemática, es un enigma atrapado en las proporciones de la isla de Manhattan”.

-¿Y?

-Genial y raro. ¿Por qué no escribes un cuento?

- Pero ¿por qué el cinco? Ni siquiera me gusta ese número.
Vuelve a su agenda sin más. Ya son muchos años juntos. Y sabe que diga lo que diga seguiré con mi obsesión hasta que encuentre una respuesta que me satisfaga.
Mientras me ducho, me visitan los cinco lobitos, tiene la loba. Los Jackson Five mueven las  caderas en la alfombra del baño… Me visto. Asisto con Delibes a un velatorio en Cinco horas con Mario. Me voy de aventuras con Los cinco, de Enid Blyton, recuento los cinco dedos de las manos, pinto de escarlata las cinco uñas de cada pie y  chequeo los cinco sentidos corporales.
Escribo el número... y  ¡vaya! el C-I-N-C-O  tiene 5 letras. Y es el único número que concuerda su numeral con las letras que se necesitan para escribirlo.
No sé, no me convence…
Los musulmanes oran cinco veces al día, una barbaridad. Yo, ninguna, ¿una temeridad?
Salgo a la calle con la obsesión viajando por mi mente. Sumo los números de las matrículas de coche.  Multiplico por cinco el precio del pan y del periódico. 

Regreso a casa, escucho música, trato de leer, pero no puedo concentrarme. Miro fotos de New York  y…



¿Y si la clave no es el cinco sino Manhattan? Consulto la Wikipedia. Nada. Nada. Nada… ¡Alto ahí!

La isla de Manhattan tiene 21,5 kilómetros de largo

Recuerda, nena, me digo “… el enigma  está atrapado en las proporciones de la isla de Manhattan” Entonces, ¿el cinco? Pura maniobra de distracción. Estoy harta de verlo en las pelis de espías.

La tarde antes del sueño, había comentado con una amiga que me gustaría saber mi fecha de caducidad. Y ahí está. Un regalo de los hados del subconsciente.

57 + 21,5 = 78,5  

Concretamente septiembre de 2033. Me quedan poco más de 21 años. Una vida o un suspiro. De momento voy seguir al pie de la letra lo que decía Voltaire:
“El arte de la vida consiste en hacer de tu vida una obra de arte” 
Así que voy a intentarlo con mucho humor, ternura, empatía, creatividad y un toque de locura. No pienso perder el tiempo.



Ay, minino de mi corazón, y tú más extravagante. ¡Tiene tela el modelito!

¿Te gustaría saber tu fecha de caducidad? ¿En qué cambiaría tu vida?

Él, ellos, nosotros, su dignidad y los bulos sobre los emigrantes



Aunque Aldo sea capaz de comunicarse en siete idiomas, no encuentra trabajo porque todavía no habla ni entiende español.    

Me pregunta si hablo inglés. Un poco y con un acento horroroso, le digo. Se ríe. Y para satisfacer mi curiosidad me cuenta que duerme en una barca. Imagino que su hotel está entre las cubiertas con lona que parecen olvidadas y que no fotografío para no dar pistas.

Come gracias a la generosidad del joven marroquí, fuerte y tímido que arma con pericia una cocina entre las rocas. Él consigue algún trabajo mal pagado y temporal. De momento no les cobran por pernoctar en la pequeña barca, así pueden comprar algo de comida y compartirla.

Es un chef, dice Aldo admirado, haciendo el gesto de chuparse los dedos.


Las cebollas se “pochan” en la cazuela disfrazando de hogar el espigón solitario. Se acercan dos paquistaníes, nos comunicamos en inglés o lo que sea que yo hable. Por suerte, ellos tienen un techo donde guarecerse y trabajo. Se interesan por Aldo y por el chico.  
Me conmueve la limpieza y el orden con que oficia el cocinero, que corta con destreza verduras variadas, acuclillado ante una piedra. Entiendo que no quiere fotos. Nadie me pide nada, ni trata de aprovecharse de mí.
Formamos un extraño grupo: cuatro hombres, una mujer con una cámara y un gato laminado, allí parados entre el azul desvaído del mar y el atardecer naranja del sol que se oculta tras la montaña.
Su dignidad contrasta a su favor con el resentimiento de una mayoría de mis paisanos que culpan a los emigrantes de copar las ayudas sociales, quitarles el empleo y “contaminarnos” con sus costumbres.
Contamíname, mézclate conmigo
que bajo mi rama tendrás abrigo.



Un estudio reciente, desmiente estas injustas cantinelas xenófobas, un estudio hecho por La Fundación La Caixa, nada sospechosa de ser  “izquierdosa” o  el brazo financiero de las hermanitas de la caridad.

“Los extranjeros han permitido contención salarial, incorporación de la mujer al mercado laboral y cinco años sin déficit en las pensiones, pero la sociedad percibe todo lo contrario…

"No es posible cuantificarlo, pero aportan hasta tres veces más de lo que reciben"

Y algunos, como Aldo, lo que reciben se lo da otro emigrante.

En este link podéis ampliar información, si os apetece.



¿Alguien ha oído hablar de este dato en la estomagante campaña electoral?

Gato, que ha vuelto al almacén, Xavi y yo pensamos desconectarnos de los medios hasta el día 22 que, a pesar de todo, iremos a votar a la poca izquierda que nos queda en esta vieja, chocha y caduca Europa.

Espero que nadie imagine que cuando digo “izquierda” me refiero al PSOE.

¿Soledad temida o deseada?


Vivimos como soñamos, solos.  Joseph Conrad


Gato me ha enviado una nueva postal, supongo que por el día de la madre
Hola, mami: no me extraña que a veces te sientas sola, porque eres más rara que una cabra azul marino.
No seguiste el Mundial de fútbol ni lloraste de emoción cuando España fue campeona mundial ni te interesan los Madrid-Barça.
No conoces a esa gente tan mediática que se grita en televisión y sale en las revistas de la peluquería.

Prefieres leer, ver cine y soñar a cualquier otra actividad de ocio, excepto viajar, y para colmo NO HAS VISTO la boda de William y Kate...
... y esto sólo por poner pequeños ejemplos, que “los trapos sucios se lavan en casa”, no como hace ese señor que habla tan mal el inglés, Aznar. Supongo que a ése lo conocerás. Aunque parezca mentira fue “tu presidente”
Tienes el antivirus de pago y alquilas pelis en el vídeo-club. Lo peor.
Perdona, mami, pero no encajas, eres una extraterrestre.
¿Cómo puedes decir sin pestañear que odias las sevillanas de la misma manera que odias los retractilados?
Te quiere, a pesar de todo, Gato.



¡Marchando una de felicidad en píldoras!

Ser feliz todo el tiempo es tan agotador como ser siempre ingeniosa, lucir esplendida cada minuto, ser la mejor madre del mundo, la amante más seductora, la amiga incondicional o la colega más divertida.
Decía Kant, el filósofo alemán, que la felicidad no es un ideal de la razón, sino de la imaginación.
Los españoles nos confesamos felices en sondeos y encuestas por abrumadora mayoría.
¿Somos tan felices como decimos o tenemos mucha imaginación?
Si somos tan felices, ¿por qué consumimos ansiolíticos y antidepresivos por encima de la media europea? Sin contabilizar el alcohol, el ansiolítico preferido por los varones hispanos, las compulsiones consumistas y otras sustancias psicotrópicas que no se expenden en la farmacia.  
Lo que sí somos es una sociedad con el bienestar resuelto: techo, alimento, higiene, sanidad, educación… y también con escasa tolerancia al fracaso.
La soledad y la incomunicación nos están convirtiendo en seres frustrados y quejicas, una paradoja en esta era intercomunicada por redes y aparatos y con acceso a toda la información y entretenimiento que seamos capaces de digerir o soportar, pero en la que cada vez hablamos menos cara a cara.
Las pastillas pueden adormecer el tedio, pero el tedio sigue ahí, agazapado.
Con lo que está pasando en medio mundo ¿de qué nos lamentamos tanto?
“María de la O, que desgraciadita
gitana tu eres teniéndolo too.
Te quieres reír y hasta los ojitos
los tienes morados de tanto sufrir”
Hemos convertido la tristeza, un sentimiento normal, una emoción del ser humano ante una pérdida, un desengaño, el desamor, “un dolor del alma”… en depresión. Los contratiempos de la vida, en patologías. Los miedos personales, en traumas infantiles, juveniles, postvacacionales o síndromes varios, entre los más socorridos los paterno-filiales…


Y, disculpad la impertinencia, pero a partir de una cierta edad, pongamos los 30 en plan generoso, lo que nos ocurre o deja de ocurrir depende de las decisiones que tomamos.

Porque como decía Buda, el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional.

Y como dice Gato, que me ha mandado una postal allende los mares, la vida es como una montaña rusa con ascensos lentos y caídas violentas.

A mí este Gato me hace pensar y creo que entre elevación y descenso voy a disfrutar todo lo que pueda, llorar como una magdalena cuando me dé la gana y no tomar pastillas. Pero tampoco tomarme demasiado en serio.

La rutina y la memoria de los peces


No me pregunten cómo lo han averiguado, pero parece que la memoria de los peces dura sólo 3 segundos, luego olvidan, claro.
Los peces de una pecera hacen miles de veces el mismo recorrido y si les pones un cofrecito de esos simulando una de piratas, en cada vuelta dirán aquello de  Oh, un tesoro, vuelta, Oh, un tesoro, vuelta, Oh, un tesoro…
La pecera de los seres humanos es la rutina. Su tragedia cuando caen en ella es no tener memoria de pez.

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Suena el despertador. Café. Lunes, vuelta al trabajo, un trabajo que no me satisface y que no me atrevo a dejar. La crisis… Yo sí que estoy en crisis. 
Qué cretino es mi jefe y qué ignorante. ¿Por qué lo aguanto? Sí me tocara la lotería… Mis colegas van a la suya, sé que no moverían un dedo por mí, están demasiado preocupados salvando su propio culo.
Vuelta a casa. Hola, ¿cómo te ha ido? Nadie cuenta de verdad cómo le ha ido. La tele, qué cutre, qué rollo. ¿Por qué no la tiro por el balcón y leo un buen libro, escucho blues o bailo la danza del vientre?
Ya casi no hablamos, lo sabemos todo el uno del otro. Qué estupidez, nadie conoce a nadie.
No puedo dormir. Mañana sin falta voy a dar un timonazo a mi vida. No quiero que cuando esté punto de irme al otro barrio mis últimas palabras sean,

“qué desperdicio de vida”

Martes.


Despertador. Trayecto. Trabajo. Trayecto. Tele. Silencio. Insomnio. Pastilla azul. Despertador… miércoles, jueves, viernes…
Sábado. Centro comercial, aperitivo, comida familiar, tele, silencio, insomnio. Whisky. Me olvido de la pastilla azul. 

Domingo… Te miro como si fuera la primera vez que te veo, pero con más ternura y más complicidad. Te dejo dormir un rato más y me voy hasta la playa a ver el amanecer. Desayunamos juntos. Paseamos de la mano y planeamos una escapada. Nos reímos diciendo a la vez, el paraíso puede estar a la vuelta de la esquina, como cuando no necesitábamos casi nada para sentirnos bien.

Mi jefe se ofende cuando le digo que me aburre, que se compre un loro o se tire por un acantilado, que me largo. Mis colegas me vaticinan indigencia, penurias, locura…pero me observan recoger mis pertenencias con un poco de envidia.

¡Rinnnnggggg! ¡Rinnnnggggg!
Oh, el despertador. Lunes. Oh, el despertador. Lunes. Oh, el despertador. Lunes.

Qué tal, amor, si dejamos de lado que estamos viejos





¿Qué tal?, me preguntas distraído rozando con tu mano mi espalda.
Qué tal si me miras a los ojos con pasión además de ternura. Qué tal si tu mano se desliza morosa y juguetona o tus labios recorren mi cuello hasta quedarse en mis pechos, no como un niño hambriento de cariño sino como un hombre buscando el paraíso.
Qué tal, amor, si dejamos de lado que estamos viejos para andar jugueteando y que las mariposas en el estómago son cosas de poetas.
Qué tal si ponemos música, velas, nos reímos de tonterías como antes y bailamos pegados.
Qué tal si hacemos una restauración del sistema y volvemos al punto donde todavía creímos que el otro era un misterio, una cima, un sendero con sorpresas por el camino.


Qué tal si paciera en tu cuerpo con la parsimonia de una vaca satisfecha. Explorara en los rincones dónde todavía quedan rescoldos y los aventara… Mordisqueara el lóbulo de tus orejas como un cachorro travieso o dejara que mi lengua hablara en ese idioma que sólo tú y yo entendemos…
Qué tal si nos conectáramos  como unos científicos locos en circuito cerrado y nos olvidáramos por un rato de los hijos, de los nietos, de los achaques, del pastillero, del mundo…
-María, cariño, ¿qué ocurre? Te noto extraña.
-Nada, cielo, fantaseaba.
-Qué tranquilidad y qué bonito es el mar ¿verdad?
-Sí, qué bonito

“Lanza tu corazón delante de ti y corre para atraparlo”

Necesitaba aliviar el desasosiego que a veces me invade de querer estar en otros lugares y en otras vidas, me arranqué el corazón y le ordené: ¡vuela!
Y mi corazón saltó por la ventana, cruzó el semáforo en rojo sorteando dos bicis, una moto y un coche de bomberos. Trepó a un árbol y con las venas periféricas le tejió un jersey a un polluelo desnudo que lloraba de frío.
Sufrió vértigo de altura por falta de costumbre y cayo rodando hasta perderse por la ranura de la alcantarilla. Donde una rata húmeda, de nariz rosa y largos bigotes le dio un bocado dibujando una media luna en su músculo liso.
Mi corazón dio un vuelco y se dejó llevar por la corriente. Se mantuvo a flote entre un calcetín desparejado, los pedazos de una carta de amor y ¡por suerte! la descarga del suavizante para la ropa de mi vecina que huele a jabón de Marsella.


Yo lo seguía exhausta y esperanzada. Y no sé cómo llegamos a mar abierto.
Mi corazón se hizo mascarón de proa de un velero bergantín comandado por un pirata cojo, un loro irónico y una tripulación indolente.
Viajamos tanto que no nos daba tiempo a deshacer las maletas ni adecuar el vestuario a las distintas intemperies. Cambiamos el placer de la cotidianidad por el sobresalto y la expectativa; y la construcción de relaciones sólidas por hermosos castillos de naipes que se deshacían antes de acabar de instalarnos.
Hasta que un día mi corazón se plantó. Herido y cansado, me dijo: quiero volver a casa y agotar los latidos que me toquen junto a la gente que amo.

Y es que “el corazón es un niño que espera lo que desea”

¡Marchando una de filosofías orientales!



Después de analizar tantos informes de días perdidos, Gato entró en crisis.
Como los psicólogos están muy caros y los fármacos aumentan su melancolía, se me ocurrió prestarle diversos libros de filosofía oriental, pensando que como le encanta el sushi igual se apuntaba a taichí, se entretenía yendo del ying al yang o se desfogaba practicando Kendo.
Han bastado unos días de intensas lecturas para que Gato haya vuelto renovado, algo extravagante, pero contento. ¡Ay, el poder de los libros!
En tremendo batiburrillo mental, Gato ha decidido ser medio samurái, un poco budista, un cuarto zen, taoísta a tiempo parcial, y Quijote.
 -¡¿Quijote?!
-Vale, el Quijote podría ser nuestro samurái patrio que se hace el seppuku  (harakiri) al abandonar sus sueños, su lucha, sus ideales por la cordura establecida.



Gato me ha comunicado que se va por una temporada, que necesita espacio.
-¿Qué? Eso dicen los hombres cuando te quieren dejar. ¡No me lo esperaba de ti! Además soy tu creadora. ¡¡¡Me debes la vida!!!
-Eso dicen los padres, cuando quieren chantajear a sus hijos- me ha contestado con el mismo tono que lo hubiera hecho Confucio.
-Te quiero mami, pero necesito volar solo, hacerme un gato responsable de mis actos y consecuencias y tener experiencias que alimenten mi buen Karma.



Me has partido el corazón, minino de mis entretelas. Estás muy guapo en la foto que me envías. La voy a colgar en nuestro Almacén.
Sí, creo que no comerte a las palomas indiscriminadamente y ser cortés hasta con los taxistas que llevan un pino de celulosa oloroso colgado del retrovisor son acciones que cuentan para tu buen Karma.   
-Recuerdo que tuve que hacer varias veces uso de mi cuchara para defenderme de los lobos. Yo no tenía culpa ninguna; usted lo sabe. ¡Dios mío! Estoy llorando.
Y con estos versos de Lorca, te envío un montón de besos.

El hombre gris

Aquí estamos los okupas de este almacén, rodeados de montañas de expedientes que nos tientan con sus trozos de vida recopilados por algún fanático escribano. Excitados por la curiosidad, alentados por nuestra chifladura nos disponemos a hallar el remedio que alivie a los hombres de lo raro que es vivir.
Gato se instala en su silloncito predilecto y, con esa voz peculiar que va del maullido al ronroneo vacilón, resume:
Hombre de mediana edad. Nunca toma decisiones, no sea que se equivoque. Siempre espera que los otros, incluidos hijos, esposa, familiares y amigos le quieran sin hacer el mínimo esfuerzo por su parte. Lo dominan los miedos y el qué dirán. En la actualidad y a punto de jubilarse, carece de alicientes, proyectos o perspectivas.


Nuestro hombre gris está atrapado por la rutina y los convencionalismos.
-Un muermo, un mustio deplorable, un aburrido, un...
¡Hala! lo que nos faltaba, una paloma coja soltando por ese piquito una sarta de impertinencias sobre nuestro hombre. Como siempre, el que vuela bajo es el más despiadado con sus semejantes.
Mientras se acerca con el clon, clinc, clonc de su muleta, gato me informa que la paloma es nuestra invitada.
-Me la iba a zampar, pero me ha dado pena su minusvalía- dice irónico.
-Lo que le he dado ha sido un buen trastazo con la muleta- replica el ave.
Gato bufa y le hace un gesto muy feo con el dedo corazón de su pata delantera.


Apelo a la tolerancia, al símbolo de la paz y consigo restablecer la armonía.  
Por fin, después de dos noches y tres días, un kilo de alpiste, tres de gambas peladas para gato que hace dieta monótona esta semana; bocadillos de jamón ibérico para mí que también hago dieta monótona… El Almacén de los días perdidos propone: 
Que nuestro hombre gris se vista de colores, tire las corbatas y los trajes aburridos a un contenedor de basuras y practique el funambulismo con ropas atrevidas entre los tendederos del vecindario, sin importarle qué opinan los demás.


Que se apunte a talleres de Feng-Shui, cocina japonesa y meditación zen, para mejorar su entorno, su dieta y su estrés y tener otros temas de conversación que no sean lo desgraciado que es, el dinero que le gustaría tener y el trabajo. 
Que haga una lista sólo de las cosas buenas que tiene, en vez de quejarse por todo lo que cree que le falta o se merece.
Que rescate los viejos deseos de la fosa de su alma anquilosada y dedique el resto de sus días a cumplirlos con pasión y un toque de locura uno por uno.  
Enrollamos la receta en la pata buena de la paloma y lo enviamos por correo aviar por temor de que sea interceptado por amigos virtuales, redes sociales o entusiastas de los libros de autoayuda. 
Advertencia: En algunos individuos la coloración es muy intensa. No se pase de las dosis recomendadas si no está dispuesto a asumir lo que significa dejar de ser un hombre gris.