Tengo una tristeza antigua que de vez en cuando alimenta mi melancolía y se instala en casa con su baúl anticuado donde guarda carencias, decepciones y algún sueño roto. Mi sentido del humor huye, no soporta la desproporción de su puesta en escena ni sus monólogos del club de la comedia de las comadres amargadas.
-Nena, a tu edad y sigues sin oficio concreto y lo que es peor sin beneficio. Que has cambiado de profesión más que de casa. Y todavía sueñas…
Hay veces que mi tristeza antigua gana una batalla y entonces sólo me apetece el silencio, pasear por la playa, redecorar la casa, acurrucarme en un sillón, escuchar a Mozart, ver cine raro y dedicarme a leer y leer entre suspiros…
Intervención y fotomontaje sobre un cuadro Hopper
Pero mi sentido del humor regresa, me pinta bigotillos con rotulador, me pone una nariz roja de payaso y me recuerda que hay que tener grandes sueños, expectativas razonables y necesidades mínimas.
Y también lo pequeño que es mi desasosiego comparado con el dolor real de tanta gente. Ese dolor tan alto, que decía el poeta Manuel Altolaguirre, que mira al otro mundo por encima del ocaso.
Así que visto lo visto, engatuso a mi tristeza con unas lagrimillas y un nudo teatrero de garganta. Y cuando se descuida, zas, la dejo en coma con una tanda de chistes malos. La doblo en tres y la guardo en el cajón de los calcetines hasta el otoño, por lo menos.
Ya lo decía Kant, el filósofo idealista: El sueño es un acto poético voluntario
Elijo seguir soñando, aunque a veces me sienta una mujer proyecto, una aventurera sin aventura, una bohemia domesticada y el desasosiego me recorra el cuerpo como un caballo desbocado.

















